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G.O.

sábado, agosto 01, 2009

          No soy muy aficionado a la animación, pero esta de Don Hertzfeldt, me pareció divertidisima e interesante. Punto y a parte, me recordó una canción que escuché casualemente (tendría que decir causalmente, tal vez) por el youtube, de Fernadez Alvarez y Alfredo Perez. Aquí el link. 

lunes, julio 27, 2009

de LOS LIBROS POSTERGADOS


Hace algunos años comencé a escribir una novela que me sobrepasaba por mucho, es decir: demasiado pretenciosa. Abandoné el proyecto, además, porque me estaba costando mucho trabajo alejarme de la influencia de los detectives salvajes; era casi imposible escribir algo sin plagiar. Sobra decir que muchos documentos se fueron a la papelera de reciclaje por esas razones.
Hace ya casi dos años que no agrego ni una sola página pero decir que he dejado escribirla no sería del todo exacto, ya que no hay día, pero ni uno, en que no la escribía mentalmente y termine por idearla y ordenarla y hasta olvidar (ciertos pasajes que la entorpecían) y acumular energía o impulso para retomarla en un futuro más o menos corto. La inicié en la etapa más importante de mi vida y de la que tengo un recuerdo vivo, vigente y poderoso. Comenzar a escribirla fue una forma de acercarme a mis amigos de aquel entonces, principalmente a C. y a T. pero también, un poco después, a G.C. y a M.L. y sería en un futuro también la principal razón por la que retomaría el proyecto.
Abajo copio y pego un fragmento, tal vez el inicial.


LOS LIBROS POSTERGADOS.
(fragmento)





Les entregué los poemas de Luis Blanco porque no sabía qué hacer con ellos. No quería quemarlos pero tampoco los quería tener cerca de mí. Primero pensé en Porrúa. Una amiga de la Universidad me dijo que tenía un conocido que era editor o algo en la Porrúa, pero después de darle muchas vueltas, decidí que mejor no. Nada más de pensar que ese cuadernito estaría por todas partes me dio pánico y luego tristeza. Y luego pensé en lo que nos contó el profe Miguel sobre un escritor creo que Yugoslavo. Según esto, al morir le dejo a su mejor amigo todos sus escritos, pidiéndole que los destruyera porque él no tenía el valor, y entonces el amigo éste la pública, le vale madres y la pública, o sea que traiciona la memoria del amigo. El maestro nos pidió que escribiéramos sobre eso, que si estábamos de acuerdo o no, que qué hubiéramos hecho nosotros, yo escribí en mi ensayo que primero era la amistad, obvio, primero la amistad y luego la literatura, y además hay que respetar la memoria de los muertos. Yo no sé si Luis quería que esto se publicara. Igual y sí. Pero al final preferí no hacerlo aunque más bien lo decidí por mí. Quería olvidarlo y no me hacía a la idea de que mis amigos tendrían en sus manos esas páginas, que mi mamá también, quién sabe, podría leer todo eso, pobrecita mamá con lo mucho que odiaba a Luis y a sus perros horribles. Ese libro me volverá loca, pensé, hay que olvidar, me dije, tienes que olvidar pinche Cristina. Perdóname, Luisito. Tú sabes que no puedo. Pero hay que hacerlo. No podía pensar que tus libros iban a estar allí viajando por el mundo, que los podía encontrar cualquier día detrás de las estanterías, (sí cabrona como si fueras mucho a las librerías) pero tampoco quería quemar ese cuadernito, no podía dejarlo por ejemplo debajo de mi cama o en una caja de zapatos, como si se tratara de un cadáver que hay que esconder y enterrar porque está pudriéndose. Eso no. Por eso se los traje. No puedo quemarlos; primero, porque todavía quiero muchísimo a Luis Blanco, y luego, en segundo lugar, porque lo odio. Las dos cosas al mismo tiempo. No me entienden. No me importa que me entiendan. Yo solo vine a darles todo lo que él escribió y nada más. Ni siquiera he tenido el valor de leerlo todo. Aunque en serio me gustaría saber si ustedes descubren el poema que dice que me escribió, puro verbo, nunca quiso escribirme un pinche versito por más que le rogara, por más que me pusiera triste y le dijera ándale ¿Por qué no me escribes algo? Así rogándole hasta que me quedaba dormida en sus brazos y despertaba y él se había ido. Otras veces le decía: ¿Le has escrito a otras chicas? Pero no era una pregunta. O sea que yo ya le había visto un poema que comenzaba con una dedicatoria, a una tal Elma. Qué pinche nombrecito para empezar, como de ogro. Y que me contesta que sí, que había escrito a muchas otras chicas y yo decía quiero leerlos entonces, solo para ponerlo en aprietos, para ver si tenía el valor de decirme la verdad; no es nada me decía, son poemas de amistad. Nunca leí algo bonito de él. Creo que uno sí era de amor, pero más bien era cruel. Seguramente lo van a encontrar allí si le buscan bien. No sé en cuál de todos. Son como veinte cuadernos azules, así de este tamaño, todos iguales. Los llevaba a todas partes. Íbamos a emborracharnos y allí estaban arriba de la mesa, bajo sus manos lindísimas, porque tenía unas manos lindas, con dedos largos como de pianista, unas manos que iban agarrando botellas y vasos de cerveza y dejaban un cigarro sobre el cenicero, así, como muy pose. Siempre me imagino sus manos agarrando un cigarrillo. Cómo fumábamos. Dos o tres cajetillas al día, como locos. Verdaderamente fumábamos. Yo al principio tardé en acostumbrarme a esa manía de los cuadernos, de que los llevara a todas partes. Sus amigos en cambio parecían haberse acostumbrado. Sobre todo Manolo. Sucedía a veces que ya estando en la plática, bien entrados, Luis Blanco te hacía un gesto así de permíteme tantito, o a veces ni siquiera eso te decía, abría su libreta, sacaba una pluma del pantalón, y comenzaba a trazar sus dibujos y a escribir sus cosas. A veces nada más anotaba unas palabras rápido, yo creo que alguna idea interesante que se le venía a la cabeza, la anotaba y podías retomar la plática enseguida. Pero otras veces pasaban dos minutos, tres minutos, cuatro minutos, quince pinches minutos y él escribiendo como si estuviera sólito, media puta hora y él ni siquiera se despedía de ti, tú le podías decir ya me voy, es tarde, Luis, te estoy diciendo que ya me voy ¿No me vas a llevar? En un segundo decía, pero seguía escribiendo en su pinche cuadernito, entonces yo decía no te preocupes me voy en taxi o a ver cómo, y todavía me esperaba un ratito para ver qué decía, pero solo hacía un gesto ambiguo y rápido que podía significar ok nos vemos mañana o que te vaya bien, quién sabe. La tercera vez que me desatendió de esa forma estaba lloviendo a cantaros. Y ya ven como jode en esta ciudad cuando llueve a cantaros. Es una lata. Las calles desaparecen, el agua se mete en los coches, algunos autos se quedan sin frenos , hay accidentes, las ratas huyen de las alcantarillas o las ves ahogadas, se hace un caos, un verdadero desmadre. Así que esa vez yo no estaba dispuesta a irme sola. Pero tampoco me iba a esperar como pendeja a ver cuándo se le ocurría pelarme. Así que me dije: muy bien, si así están las cosas, está muy bien, y me fui a platicar con sus amigos, que por cierto ya estaban tomados y hacían alboroto a unas mesas de distancia. Me dejé invitar tragos, me dejé chulear, dejé que Raul acercara su aliento putrefacto en mi oreja nada más para darle celos a Luis. Ash, la verdad es que me porté como una zorra, pero en una de esas, Luis levantó los ojos y cruzamos una mirada rápida y lo miré como diciendo: quieres seguir con tus dibujos y tus poemas de mierda, pues sigue ahí síguele, yo igual me vengo a divertir contigo o sin ti, pero de golpe bajó los ojos y siguió con las narices bien metidas en el cuaderno, nada más de vez en cuando levantaba los ojos yo creo para ver que no fuera demasiado lejos en ese jueguito de encelarlo, y por supuesto que se veía encabronadísimo, en fin, él se lo busca, si solo me haces caso cuando me pongo de zorra pues entonces está bien y sigue con tus dibujitos, pensé. Pero las cosas nunca pasaban de allí. En realidad yo no hubiera tenido las fuerzas para engañar a Luis Blanco. Y digo fuerzas, osea huevos, porque para eso una siempre tiene que tenerlos. Y además, ahora me doy cuenta: siempre le tuve un poco de miedo. O no era miedo, pero algo parecido al miedo. Tampoco respeto. Es decir, respeto sí, pero no me refiero a eso. Algunos de sus amigos también estaban igual que yo. De lejos tú notabas que preferían no meterse en problemas con él; otros lo odiaban pero eran unos jotos y miedosos y preferían mantener la distancia, se limitaban a odiarlo por debajo del agua, como quien dice. Pero ellos tenían sus razones. Sabían que Luis era un cabrón, que andaba en las peleas de perros, drogas y esas cosas. En mi caso tal vez era un miedo de a gratis, porque él jamás me habría puesto un dedo encima, ni siquiera cuando estaba borracho o se metía coca llegó a ponerme un dedo encima. Si se enojaba nada más se ponía callado y oscuro, como esas personas que prefieren no mostrar sus sentimientos, aunque pensándolo bien, a veces sí se daba sus encabronadas titánicas. Explotaba feo. Pero también sabía calmarse en los momentos difíciles o enojosos. Depende. Para alcanzar a percibir esos contrastes no había otra más que vivir muy cerca de él y por mucho tiempo, como hice yo, aunque en realidad no vivimos juntos más que dos meses; no resultó. Ya tendré que hablar de todo eso, de cuando nos fuimos a vivir juntos en un departamento chiquito, y yo le decía: por qué si tenemos dinero no nos mudamos a un lugar más grande. Luego entendería tantas cosas. En ese momento la felicidad me apendejo y ni modo. Ahora lo que me importa es hablar de ese librito porque de alguna manera siento que allí están todos nuestros problemas, o al menos gran parte de ellos. Era una agenda, un poemario, un inventario, una lista negra, un cuaderno de cuentas; era todo eso y todavía algo más. Si lo van a publicar ojala se pudiera hacerlo todo, desde la primera hasta la última página y sin que los editores le metan tanta mano ni intenten arreglarle nada, sin suprimirle una sola letra, incluso con todo y faltas de ortografía. Así tienen que estar, total que siempre fueron borradores. Pero eso lo digo solo en caso de que lo vayan a publicar algún día, cosa que es asunto de ustedes y de su asociación. Me gustaría que primero lo vieran y lo leyeran, que me digan si allí hay un poema que pueda considerarse de amor, me gustaría que vieran a Luis Blanco en el departamento del Zócalo, escribiendo como un loco, escribiendo después de no haber dormido en dos días, escribiendo con una botella de ron por un lado y con su revólver en la mesa, sin afeitarse el rostro, en calzoncillos, todo después de que lo emboscada que le metieron y de que le ahorcaran sus perros y se viera obligado a vivir como delincuente, es decir, cuando yo lo deje, la última vez que lo vi. Tal vez me urge hablar de esos cuadernos porque ellos dividen nuestra etapa feliz de la oscura e infeliz. Ahora que tampoco sé si realmente fuimos felices. Es solo un decir. Igual nada de eso es literatura ni poético y son puras tonterías. María me dijo una vez: esto hay que leerse como magia negra. No creo mucho en esas cosas o por lo menos intento ya no creer, pinche María cómo me metía ideas en la cabeza, lo único que sé es que yo ya le di muchas vueltas y a ver si no terminan igual que yo, sacando conclusiones que luego no más no van, viendo misterios donde nada más hay una broma, dándole vueltas y vueltas hasta que tu lectura vale madres y hay que buscar otras salidas o de plano ya se puede hacer nada más que tirarlo de loco. Ustedes sabrán. A mi desde el principio la verdad la verdad me desagradaron esos cuadernos. No los entendía. Me sentía pendeja. Por eso se los mostré a María llena eres de Desgracia, una fulana que yo creía que tenía unos dotes extraordinarios de adivina, una amiga que yo creía que era mi amiga, pero en fin. Cuando los vio me dijo: fíjate en este trazo. Y yo: ¿Cuál trazo? éste mensa, y me agarró la mano y la puso sobre una línea que era como el dorso de un perro ¿Lo ves? me dijo, está calcada con todos los huevos. Y sentí la línea, como una herida sobre el cuaderno. O una de dos, o tu amigo se quiere morir o no ha tenido sexo en un buen rato, está más claro que el agua. Igual estaba enojado cuando lo dibujó, sugerí; no, dice, fíjate, esta es una línea enojada, y me puso el índice sobre otra línea ¿notas cómo está el pulso? Yo quité la mano de allí y le pregunté si era lo mismo leer una mano que un dibujo y ella me dijo claro pendeja que es lo mismo ¿o crees que te estoy verbeando? Claro que es lo mismo, y se agarro dando vueltas y vueltas a las hojas para buscarme otro ejemplo, ahorita te muestro otra donde sí es como tú dices, que está enojado. Pero los dibujos se hacían cada vez más monstruosos y difíciles. Algunos ya solo eran un montón de líneas chuecas, de sombras y manchas y borrones y odios, hasta que se detuvo de golpe y se quedo viendo un dibujo ¿Qué? Dije. Pero no me contestó ¿Qué guey? Le dije e intenté arrebatarle el cuaderno, pero lo oculto y dijo: tú amigo está bien pero bien tripeado. (Todavía no le había dicho que era de Luis Blanco) Y me enseñó un dibujo que nunca había visto. Le dije: te lo juro que nunca lo había visto. Me temblaron las piernas y me dio un escalofrío en la nuca. Era yo. Unos perros como demonios me devoraban. Uno me agarraba por el brazo. Otro por el vientre. Uno más estaba tragándose mis tripas. Todo el dibujo era algo confuso, pero mi cara no. Mi cara estaba clarísima. Era yo. Justo el otro día me había sacado un pedote. Me encerró en el patio, diciendo que me iba a echar a sus perros. Como aquí. Estaba dibujada que no mames, muy bien, pero con un gesto de dolor que me dio mucho miedo. Pensé que alguno de sus amigos enfermotes lo había dibujado pero enseguida descubrí su firma en una de las esquinas, decía: Luis Blanco. Era su firma. De eso no cabe la menor duda. Y además era imposible que alguien tomara su cuaderno. Justo le iba a decir que ella me había predicho el encuentro con el dueño de ese cuaderno, pero me atajo: ¿Quieres que te lea las cartas? Yo hice un gesto que ella me entendió a la perfección porque luego luego chistó: no te preocupes, luego me lo pagas. Órale pues, dije, y ella puso el cuaderno a un lado y agarró su mochila, se puso a hurgar adentro de ella mientras decía: ni te preocupes eh, tengo unos remedios buenísimos para curarse de amores como el tuyo, así, todos locos. Me llegan un montón de chavitas que quieren deshacerse de sus novios psicópatas. Pobrecitas, yo las ayudo. Y a ti te haré un descuento. Mira, estas cartas nos van a decir todo. ¿Si es tu novio, no? Me preguntó. No. Mentí. Pero te lo andas tirando ¿No? Prendió incienso y me dijo que cerrara los ojos y que pusiera mis manos sobre un puño de cartas. Lo hice y pensé en los perros que me devoraban las tripas mientras una voz, la de mi amiga, me decía como desde otro mundo hasta de qué me iba a morir. La pobre ni siquiera se acordaba de que ya antes, mucho antes, me había dicho que conocería al autor de esos dibujos y esos poemas horribles. Así era ella: adivinaba y olvidaba. Me agarré recordando cuando me dijo: vas a conocer a un tipo que tiene el nombre de un color. Yo pensé en el rojo, en el morado: Alejandro Morado, por ejemplo, que no sé si exista esa nombre pero no suena tan mal. Pensé en julio negrete, negrete de negro, y ya por último, cuando María llena eres de Desgracia me tenía alucinando por sus predicciones amorosas, me dije por dentro: tal vez no es tanto un nombre sino el hombre: el príncipe azul, pero en seguidísima pensé: ay Cristina estas bien pendeja.
Pero efectivamente las adivinaciones de María fueron ciertas, y así conocí a Luis Blanco en un bar de la ciudad de México. Yo en aquel tiempo estaba enamorado de un poeta cuarentón que había agarrado una beca de doctorado en la universidad de Granada. Nos escribíamos casi todos los días, diciendo que nos iríamos a vivir juntos cuando volviera. Lo quería muchísimo, pero era una persona de lo más tiesa, así todo de lo más intelectual. Incluso cuando se le paraba el pito parecía un acto mental alcanzado por medio de la meditación más que de la excitación. Todos sus poemas eran sobre paisajes, sobre la muerte, sobre la condición del ser y todas esas cosas medio de hueva. Solo después descubrí que estaba de hueva. No congeniábamos. A mí me gustaban los poemas eróticos, los poemas de amor, me gustaba Gonzalo Rojas y Jaime Sabines de vez en cuando poquito de Octavio Paz, me gustaba incluso Sor Juana Inés de la cruz y Pita Amor también. Tenía una amiga enamoradísima de Sor Juana. Me decía: esa vieja me calienta severo. Y yo me reía y le decía: no mames, es una monja cómo puede calentarte. Entonces me leía un poema. No recuerdo cuál. Pero me decía, mira, aquí en esta rima, es como si te estuviera excitando el clítoris, está clarísimo, y repetía el verso y yo me quedaba aguantándome las ganas de reírme. No chinges a poco no lo sientes! Y yo soltaba la carcajada ¿No? Estás bien loca me cae, le decía, y ella fumaba de su cigarrillo complacida y decía: es que eres hetero. No vas a entender nunca ni madres. Y me leía otro poema, y otro, y otro. Y a veces yo pensaba en los billetes de doscientos pesos hasta que me daba vergüenza pensar en los billetes de doscientos cuando me leía a sor Juana. Pero estaba hablando de Jorge. Jorge escribía sonetos. Creo que jamás escribió un verso libre. Eso habría sido demasiado desorden para él, demasiado romper las reglas. Así que obvio poco a poco me dejó de interesar. Su poesía me aburría terriblemente y él a veces era más aburrido que sus poemas, pero dentro de todo, era una buena persona y me quería. Era amable, inteligente, era rico por herencia, no creas que por sus clases de literatura. Era guapo sin ser presumido y tenía una esposa y dos hijas qué también había dejado aquí en México cuando se fue a lo de su beca, pero las iba a dejar, ya no podía más. Eso me decía: “me estoy muriendo, tengo que estar contigo” Ya cuando estaba a punto de regresar a México, me escribió un mail diciéndome que quería volver a intentarlo con su esposa, quiero decir, intentarlo bien, sin infidelidades, y yo le escribí de vuelta diciéndole que era un puto, que se iba aburrir de la huevona de su esposa e iba a buscarme todo desesperado y entonces yo me daría el lujo de mandarlo a la chingada.

Ese misma noche entré a un cafecito en el que habría de conocer al hombre con el nombre de un color. Enseguida olí el tabaco, el olor a cerveza, los perfumes baratos, un poquito a mota. Había un espejo grande y un cuadro poca madre como de personas torcidas y con los píes grandísimos. Casi no había mujeres. Un tipo afinaba su guitarra acústica en medio de todo el barullo y la música tipo blues. Al fondo estaba Luis Blanco conversando con un círculo de amigos. Uno vestía de traje y llevaba una corbata así muy farola; otro tenía un aspecto medio afeminado, era delgado, más bien enclenque, y sostenía un cigarrillo largo y parecía como un muerto. Luis Blanco venía de Gabardina negra, cosa paradójica o más bien muy mamona porque adentro hacía un puto calor que no te la acabas, en todas partes se respiraba el sudor, se respiraba el cigarro, los cuerpos, todo como en las dizque discos de las kermeses de la secu que se improvisaban en un salón. Mis amigas y yo nos sentamos a tres mesas de distancia de ellos y pedimos unas cervezas. Iba María llena eres de Desgracia, Rosalba, una chica que estudiaba economía y dizque marxista, e Isabel, una pintora que por aquel entonces comenzaba a ganar buena pasta vendiendo bodegones a ancianos riquillos deprimentes. No voy a decir que me enamoré de golpe de Luis Blanco, porque no es cierto, o por lo menos eso todavía no queda muy claro. Pero tampoco voy a decir que me fue indiferente. Recuerdo que después de la segunda cerveza, María llena eres de Desgracia se me quedo viendo. Qué pasa, le dije con una seña. Se acercó y me dijo casi gritando, porque la música estaba muy alta: ya estas zorreando verdad, y se rió. Nah todavía no le dije, y también reí. No ya en serio te ves medio rara ¿qué tienes? y yo: no,pues nada guey. Lo que ya sabes nada más, dije refiriéndome al e mail de Jorge. Y ella: no, no es eso. Y yo: en serio nada. Y ella: en serio te pasa algo. Subí los hombros y allí quedó. Rosalba e Isabel se pusieron a hablar de marxismo con el bar man y otro tipo se les acercó. Creo que también era marxista. En un punto de la conversación, Rosalba dijo: me caga la gente como tú, que solo habla de marxismo para acostarse conmigo. Pinche Rosalba. O sea ¿Hay otra buena razón para hablar de esas pendejadas? Allá ella. María llena eres de desgracia me dijo: ¿Para cuántas chelas te quedan? Saqué mi bolsita. Ay no mames pinche economía. Sí alcanzamos a ponernos pedas. Y ella: ¿Qué tan pedas? Y yo: pues pedas normales, pero pedas. María d. dijo: ¿ves aquellos fulanos? y apunto en dirección de Luis Blanco y sus amigos ¿Qué tienen? Pues que allí está la fiesta. Yo le dije que no estaba de humor. Ya no mames, me dijo. no estoy de humor , ya veré al rato ¿Segura? Segura. Bueno pues yo sí quiero ponerme grave, voy a hacer unos truques. Ya se estaba poniendo de pie pero la detuve del brazo. ¿No puedes ir a otra mesa? Puta pero si son los más guapos, dijo. Y era cierto. El huesudo maricón dentro de todo era guapo. El tipo de apariencia italiana era guapo. El trajeado no se quedaba atrás, y Luis Blanco, por supuesto, también era guapo. Pero guapo raro. Ya le iba a decir que no me hiciera caso, que fuera con esos tipos, cuando ella se volvió diciendo: entiendo, no te preocupes, déjame el asunto a mí y se fue a sentar en la barra como a tres metros de Isabela. Pidió una bohemia, se cruzó de piernas, saco sus cartas de adivinación y me guiñó un ojo. Yo sonreí: peda segura, pensé.



domingo, mayo 17, 2009

miércoles, abril 08, 2009

AMIGOS

Uno de los temas más fascinantes de la actualidad es los entornos virtuales y las relaciones virtuales. Leí algunos libro sobre el tema, muchos articuos, escribí un par de ponencias sobre algunos cuentos y ensayos menores y un guión para corto ahora extraviado que giraba en torno a la forma en que nos relacionamos con los demás através de la red.
Uso el internet desde los catorce años y estuve en un chat a los quince; los primeros chats en excite.com Ahí conocí a Fernando, un amigo de los angeles que tenía, segun recuerdo, 21 años. Me abordó despues de que escribí alguna sartara de tonterías sobre no sé qué tema controversial de la sala. Cuando me preguntó mi edad se sorprendio y llegó a aegurarme que era más o menos un niño super dotado (yo para contrariar a mis maestros, que no me bajaban de alumno mediocre y más o menos conflictivo, decidí creerle) Nos veiamos siempre por la noche, en la misma sala ( el messenger vendría mucho más tarde) Me mandó una postal. Le di mi teléfono y marcó unos días despues. Recuerdo que sentí verguenza y miedo cuando mi padre me paso la bocina : te llama Fernando. Verguenza por que era un "amigo virtual" Miedo , no sé, tal vez por que por primera vez supe que estaba relacionandome con una persona que no conocia, o de saber que esa persona "virtual" se estaba haciendo "real" Hablamos un par de veces más. Luego, no sé cómo, nos perdimos la pista. Nunca conocí su rostro y no recuerdo bien las conversaciones que tuvimos. Su vida, esto sí lo recuerdo, no había sido fácil. Creo recordar que acababa de terminar con una novia, que vivía en un departamento con un amigo, que había dejado sus estudios para trabajar, que como casi todo imigrante, soñaba con volver a méxico algún día. Más tarde, mucho más tarde, conocí a Helena. Vivía en españa y tenía un novio en argentina. Quería estudiar medicina y eso hizo má tarde. Quería irse a Africa en el programa de médicos sin frontera y creo que eso hizo. No lo sé. Nos extraviamos. Me mandó unas fotografías: frente amplia, ojos cafés, una chica atractiva pero algo triste. La recuerdo como una mujer profundamente sensible e inteligente (a veces mala combinación, o mejor dicho: combinación difícil) Ya en las última etapa nos confesamos que sentiamos algo. Solo escribimos eso: algo. Yo comenzaba a tener la certeza absoluta de que nos conoceriamos. Finalmente solo nos separaban unos cuantos miles de kilometros de mar. Justo hace unos momento busqué en el buzón de entrada un posible rastro de ella : gr_helena , ningún correo. Las fotografias, desde luego, se perdieron en renovaciones de computadora o en las periodicas formateadas. No las guardé con cuidado por que pensé que siempre estaríamos en comunicación. La busqué en el messenger y ahí está todavia, o mejor dicho , ahí está un icono que no se esciende de verde desde hace muchisimo tiempo. Su perfil de Space solo dice: Helena , locación: españa. Ni una foto, ninguna huella. Acabo de recordar también que meses después de no saber de ella, le escribí un par de veces sin obtener ninguna respuesta. No importa Helena. Me gusta imaginarte en Africa, con tu frente española, más feliz de lo que me parecio que eras. Fernando: perdón por nunca enviarte la postal que prometí mandarte de regreso. A veces pienso que si la hubiese mandado seguiríamos siendo amigos. Pienso en ustedes dos de vez en cuando y los recuerdo con mucho
Cuando leía aquella ponencia en un congreso, creo que en puebla, sobre la construcción de la subjetividad en los entornos virtuales, era , en el fondo, ahora lo sé, un intento por recuperarlos un poco a ustedes, para volver a nuestras conversaciones y saber qué fuimos o en qué nos convertiamos en esas largas conversaciones que tuvimos hasta muy tarde; para saber, para afirmar , ya sin verguenza, que fuimos amigos, Fernando; que estuve enamorado de ti, Helena.

martes, abril 07, 2009

EL PREMIO


Soñó que estaba en un hotel de Praga. Por la radio decían que Borges había ganado el premio Nobel de Literatura. Lo decían en un idioma que desconocía, tal vez latín; sin embargo, sin comprender, entendía. Hacía sus maletas y volaba de regreso a los desiertos de México. En el trayecto recordaba que Borges estaba muerto y no sabía hacia dónde iba el avión.
***
Pablo Queiroz recibió la llamada muy entrada la noche, como a las dos o tres de la mañana. Estaba luchando por cambiar sus hábitos nocturnos sin mucha fortuna. Intentaba levantarse temprano y guardar el sueño para la noche. Redujo considerablemente la cafeína y se inscribió en un gym que frecuentaban dos colegas de la facultad y algunos alumnos de literatura. Había leído en una revista médica un articulo donde se confirmaba que desvelarse por largos periodos de tiempo dañaban la memoria y aumentaban de forma considerable las posibilidades de desarrollar alzheimer a una edad relativamente temprana. Por otra parte, se sentía cansado casi todo el tiempo, cosa que él atribuía precisamente a sus hábitos pocos sanos de trabajar por la noche y dormir hasta las dos o tres de la tarde. Cuando el teléfono sonó, estaba justamente en una de estas horas de raro trabajo, en los que se escribe sin escribir, llenas de pausas, de replanteamientos, que parecen una perdida de tiempo pero sin embargo son estrictamente necesarias; hay tiempo para fumarse un cigarro , para preparar un café, asomarse a la ventana, las líneas que se escriben se borran, las que se borran, vuelven a a parecer, esas horas en las que en definitiva se está ahí, sentando frente al escritorio durante horas, sin que necesariamente la novela se encuentre más avanzada a la mañana siguiente. Lo primero que pensó, fue también lo más improbable: se trataba de Laura, su ex esposa. La segunda ocurrencia fue, claro, la más obvia: se trataba de una llamada equivocada, una urgencia que perdía tiempo en marcar un número errado. La conversación fue más o menos así:
-Sí diga.
-Buenas Noches, quisiera hablar por favor con Pablo Queiroz.
-El está hablando.
-Soy Ricardo, Ricardo Altamar. Buenas Noches. Estoy llamándole para informarle que ha ganado el concurso internacional de novela Edgar Fisk.
-Perdón..
-¿Hola?
-Sí ¿De dónde dice que me habla?
-De Argentina. De La Fundación Edgar Fisk. En hora buena.
-¿Cómo dice que se llama el premio?
-El jurado llegó a una resolución unánime.
-Unánime-repitió maquinalmente Pablo- No, me parece que hay una equivocación.
-¿No es Usted Pablo Queiroz?
-Sí que lo soy, pero no tengo ninguna novela metida en competencia.
En ese momento tosieron al otro lado del auricular varias veces, luego se aclaró la voz y siguió:
-El automóvil pasará mañana por usted al punto de las nueve.
-¿Cómo?
-El automóvil que lo llevará a la fundación.
-Hay un error- dijo.
-No, contestaron.
-Sí- dijo.
-No-dijeron.
-¿Cómo se llama?
-Edgar Fisk. El premio Edgar Fisk, de la fundación Edgar Fisk.
-Sí. No. Pero no lo conozco.
La voz rió al otro lado del auricular.
-Por su puesto que no, pero eso no tiene importancia.
-Claro que la tiene, debe tenerla, por que le repito que no estoy concursando en nada, es un error ¿Cómo se llama la novela? -Hizo esa pregunta por que durante un tiempo el escritor Luis Vallejo, amigo y traductor de sus primeros libros, había vivido en su departamento y durante ese periodo, aunque relativamente corto, unos cuatro meses, había enviado y recibido una copiosa correspondencia, sobre todo de Europa y de Buenos Aires, de donde era nativo. Imaginó, pues, que por allí debía estar la confusión. El titulo ciertamente se le antojo Vallejeano: los libros postergados.
-Yo no escribí ese libro.
-Su nombre está en el sobre- dijo la voz.
-Pues es que puede estarlo, y mi domicilio si quiere, y mi teléfono, pero de eso a que yo lo haya escrito hay una distancia.- Hubo un silencio y por un instante Pablo se quedó muy satisfecho de la respuesta que dio, no solo por la palabras, sino por el tono decidido con el que las había dicho. Sin duda eso bastaría para resolver el mal entendido, nadie podría insistir después de una respuesta tan clara.
-El seudónimo es Horacio Camoes. Horacio Camoes-dijeron por el teléfono.
-No, no me suena.
-Es usted.
-No.
-Si.
Pablo rió. Okey, entonces sí, hijo de puta, pensó.
-¿Por que no le dan una revisada al asunto? Estoy seguro de que se darán cuenta del error.
-Para nosotros todo está claro. Usted es el ganador. Una decisión, le repito, unánime. Desde hace décadas el jurado no se inclina de forma unánime por una novela. Todos estamos ansiosos por conocerle en persona.
Pablo rió de nuevo.
-Mire, yo no escribí eso, es todo lo que tengo qué decir. Estoy ocupado.
-No quiero quitarle su tiempo, solo he llamado para informarle sobre este asunto y recordarle que es muy importante mantenerlo bajo la mayor discreción.
-De eso puede despreocuparse, a nadie le voy a ir diciendo que gané un premio que no gané.
-También es mi deber hacer los arreglos para que asista a la ceremonia de premiacion.
-Oh, sí. ¿Y cuándo será eso?- dijo sarcásticamente.
-Nosotros lo buscaremos.
-Da igual. No me vuelva a llamar.
-Qué tenga una buena noche, doctor.
Colgó. Casi inmediatamente después, también lo hizo Pablo.

lunes, abril 06, 2009

El domingo pasado publicamos un especial sobre propuestas musicales independientes en España. Desde Joaquin Sabina (me lo presentó un amigo en los inicios de la universidad) no me había encontrado con alguien tan importante como Russian Red. Cigarrettes se sumó al soundtrack de mi vida.



Otras propuestas que publicamos Abrham Boba y Manos de topo, (el video que posteo de éste último me parece simplemente perfecto, me recuerda un poco a Bilbao de Bigas Luna, (un film que dicho sea de paso , que me resultó seductor y repulsivo a la vez, un poco claustrofóbico, y que me hizo sentir que estaba en una pequeña salita a finales de los 70's) un poco también a ciertos videos de los Artic Monkeys, un poco caseros, improvisados, encuadres inexactos, movimientos de camara al hombro, temblorosos a veces, hermosamente imprefectos y cercanos a la textura de una 16 mm) Finalmente cerramos el programa con Vetusta Morla y por supuesto la costa brava, de quienes ya había posteado algunas canciones.


miércoles, marzo 25, 2009


En la novela que estoy estuve estaré estaría estaba estuviese escribiendo un escritor gana un premio literario por una novela que no escribió; ahora que me puse a releer las páginas con la intención de recuperar cierto orden, me doy cuenta de dos cosas. La primera, que no estoy escribiendo la novela. Es decir, finalmente, no escribo. Lo digo sin animo de usar la pose del escritor bloqueado, una figura aburrida y kidish. Simplemente, no escribo. No estoy escribiendo. Ando en otras cosas. La segunda, que estoy intrigado por saber cual es esa otra novela, no la que escribo y ya no escribo, sino la que no escribió mi personaje y con la que ganó ese premio. Escribir la novela es solo un ejercicio para hacer aparecer, en un parpadeo, en las entrelineas, aquella otra novela subterranea. Pablo Queiroz no sabe nada de esa novela y yo tampoco; él nunca la ha tenido en las manos y yo nunca he dibujado siquiera las líneas de una trama general, y sin embargo, la novela que ya no escribo trata de esa novela que Pablo Queiroz no escribió. Los dos estamos, pues, girando en el mismo centro vacío.
Bueno, la verdad me di cuenta de tres cosas. Estaba echando a perder esa novela. Me gustaba más cuando la comencé. Demasiada cirugía para mi gusto, demasiado afán por “dejarla” bien. Justo ahora tengo la impresión de que es casi imposible corregir una novela sin terminar por fastidiarla. Hay que aceptar, creo, que las novelas son artefactos necesariamente imperfectos. Es más un cuerpo que una máquina. Es más un acto que una obra. El performance de escribir. Aunque claro, finalmente,

jueves, marzo 12, 2009

UN DESCUBRIMIENTO...

    Entré al blog de Fernandez Mallo y me leí la nota sobre la premiación de miradas 2; alguién deja un link en forma de comentario:  http://elnaugrafodigital.blogspot.com/2009/03/v.html    F. Mallo escribe:  "Me he reído con tu crónica, náuGrafo." Entro al link, y enseguida me encantá esa prosa en donde puedo escuchar el "español , español , es decir, el de españa" El naufrago menciona a un grupo que supuestamente está pegando por allá, y como ultimamente me he convertido en una especie de rastreador de música y por que además me interesa sobremanera cualquier cosa que pudiera pasar por aquellas aquellas tierras,  no puedo evitar cortar y pegar en youtube el nombre de la banda. 

El resultado es un descubrimiento que quiero compartir con ustedes (con alguién). Ojala les guste. A mi me morla bastante. 

viernes, marzo 06, 2009

FORMAS DE PERDER LOS LIBROS

LIBROS QUE HE PRESTADO Y NO ME HAN DEVUELTO, LIBROS QUE ME HAN PRESTADO Y TAL VEZ....

El primer libro que me prestaron, según recuerdo, fue En brazos de una mujer madura. Lo leí a escondidas, entre física y química, algunos descansos, y viajes soñolientos en el transporte público. Leí la novela totalmente fascinado; fue, en rigor, no solo la primera novela erótica que leí, sino la primera novela que leí , así sin más. Desconozco el autor, la editorial, y justo ahorita estoy dudando si se llamaba así. Solo recuerdo fragmentos, o mejor dicho, sensaciones, climas, registros infraleves del deseo. Sé que bastaría interrogar a Mr. Google para enterarme de todo esto y si bien me va, hasta encuentro una publicación pirata; pero he preferido no saber nada del tema para evitarme una decepción tardía que ya sospecho. Que recuerde, jamás regresé el libro a su dueño; en cambio, lo presté a otro compañero, y quizá éste a alguien más. Así inicia el ciclo que todavía hoy no termina. (De una vez aclaro: no me quejo. Un libro debería viajar. Siempre he tenido problemas con apilarlos y almacenarlos y encerrarlos y condenarlos al silencio de lo venerable; deberían y de hecho son como los billetes, hay que manosearlos, subrayarlos, intercambiarlos, abrirlos por la mitad , fotocopiarlos (sacarles el alma) descuadernarlos, descuartizarlos, palparlos, dejar que adquieran el humo y el olor de las manos que los tocaron: deberían circular, transitar, deshojarse, desaparecer)
El segundo libro que me prestaron fue Los sufrimientos del Joven Werther * Me lo prestó el mismo desafortunado amigo. Jamás lo devolví. Y sin embargo, ya no lo tengo conmigo. Por más que intento recordar qué fue de él, no logro averiguarlo. Lo presté, lo perdí, quizá nunca lo tuve. Se trataba de un pequeño ejemplar de tapa dura, color rojo. Según recuerdo, había otras obras clásicas editadas en la colección, incluyendo por supuesto el Fausto y algunas otras que no recuerdo. Hasta el momento, se podría decir que todo iba bien. Me prestaban sin tener que prestar. Era pues, un lector feliz y afortunado. Pero si hay justicia en algo es precisamente en esta ecuasion de libro quedado - libro prestado. Es un equilibro perfecto que asegura que siempre tendré más de cincuenta libros y nunca más de cien. Si nadie ha descubierto esta ley, les pido que se llame la ley de Paciano y que la pongan en el Wikipedia, ya si se puede, sin animo de abusar, en la enciclopedia británica .Por otra parte, ya se sabe que para hacerse de una biblioteca personal más o menos decente, hay que tener algo de dinero, mucho amor por los libros, pero sobre todo, ser un perfecto cabrón egoísta. Si lo hubiera comprendido a tiempo, hoy mi biblioteca sería la de un intelectual mediano, y no la de un aficionado. Esos dos libros, pues, fueron iniciativos en doble sentido: me iniciaron en la literatura, y también en el trueque. No pasaron ni siquiera muchos meses cuando presté a mis queridos Hermanos Karamazov, hasta eso en edición Porrua. Luego presté, casi inmediatamente, un libro de ensayos menores de Schopenhauer. : Sabiduría de la vida en torno a la filosofía el amor las mujeres y la muerte. Más o menos así y creo que en ese orden. La ley se cumplía: dos y dos. Nunca regresaron. Jamás. Como tampoco regresó mis El amor en los tiempos del cólera, ni he devuelto La muerte de Artemio Cruz. Del mismo dueño tengo el ejemplar dos de las obras completas de Borges, editado por Emecé, y la misma persona tiene mi Historia de los hoyos negros. Alejandra tiene, (ya aquí la ira no me deja seguir cronológicamente) mi libro las palabras y las cosas, Rayuela, que a su vez, era de Cristo, y la misma Ale tiene mi obsceno pájaro de la noche, sin albur: el novelón de Donoso. El primer amigo prestamista tiene Catedral, de Raymond Carver (duele, duele...) Y de un solo golpe me deshice para siempre, creo que para siempre, de Creí que mi padre era dios y el Oráculo de la noche, de Paul Auster. Emerson me prestó El capital de Marx (Sospecho que todo estudiante de filosofía ha prestado o le han prestado este libro en algún punto de la carrera) es el tipo de libro que uno, después de leer, suele prestar. Luego o antes no sé , vinieron mis obras completas de Nietzche. No. Perdón. Esas las vendí para invitar a una chava al cine. Muy jodido el asunto si pensamos que la cita nunca llegó a más y seguramente la pelicula fue un bodrio hollywodense. Bye Zaratustra. De nuevo más acá del bien y del mal. Más tarde llegó a mi vida, todavía lo tengo, el Tractactus (cuando llega el Tractactus, necesariamente, ya eres un prestamista experimentado, ya sabes negociar...por cierto que recientemente me quedé de ver con un amigo de la facultad para intercambiar precisamente libros. La escena que me vino a la mente (ya no leeré tanto periódico) fue la de dos narcotraficantes que se sientan en una zona medio clandestina. Dialogo : ¿tienes la mercancía? ¿La tienes tú? Los dos ponen sus libros sobre la mesa. ¿Están completos? Claro que estan completos, la otra mitad está en mi auto. ¿te importaría si le doy una hojeada? Adelante, claro. Abre el libro, lo huele (un libro comienza por olerse, es lo primero que hay que hacer con un libro) lee un pasaje. ¿Todo bien? Parece que todo está en orden, procedamos... ) En este trueque, presté Mi vida como hombre, (P. Rorth) Soldados de Salamina (J. Cercas) y Dinero (M. Amis) me prestaron : Lodo (G. Fadanelli) y Al otro lado (Heribreto Yepez) Presté antes de esto, ya muy reciente, mi Nocilla Dream. También hace poco, Gaby Cronopios me prestó 2666 (asqueada de una lectura que le pareció decepcionante, casi insultante; a veces me quedo pensando que en el fondo quería deshacerse de ese librote de más de mil páginas, aunque claro, no de los setecientos pesos que le costó) Yo le presté Recursos humanos del escritor tapatio Antonio Ortuño. En este punto alcancé el grado más estúpido vicioso y benévolo de un prestamista de libros, pues a los dos días de haberlo comprado, aun sin leerlo, apenas hojeado, me deshice de él. El libro me estaba gustando, sí, pero yo tenía -tengo- una enfermedad incontrolable que consiste en prestar libros ¿O era ley? En fin. Hasta el momento, Gabriela, no me has regresado mi libro de Antonio Ortuño. Es cierto que nos hemos quedado de ver y que no me has mencionado de 2666 ni yo de Recursos Humanos; como si los prestamos fueses más bien un intercambio permanente, cosa que creo bastante injusto, pues 2666 detiene la puerta sin ningún problema y el de Ortuño... bueno, seguramente encontrarás la forma de darle un uso práctico e inteligente. Por otra parte sé que me has pedido prestado La posibilidad de una Isla, de Houllebecq. Y te lo prestaré. Solo que me estoy despidiendo de él. Es un libro que realmente me gusta. Lo releí lentamente, dormí literalmente con él; lo subrayé sin reparos, sabiendo que es la única forma de permanecer en él y prepararme para dejarlo ir. Me reconforta saber que si hay alguien que me gustaría que se quedara con ese libro eres tú. Adiós Houllebecq, debes viajar.

*Me corrigo, Hector me lo prestó, se lo devolví, y más tarde se lo compré. O puede que lo haya sacado al fiado. El resultado es el mismo.

lunes, febrero 09, 2009

ASI INICIABA...


Ayer me encontré con un amigo con el que había estado distanciado. El escenario fue el piso dos (¿o segundo piso?) a una cuadra de Vallarta, a un costado del edificio administrativo de la UdeG. La conversación, en algún punto, giró entorno al éxito , los golpes de suerte, las oportunidades, etc. C. se empeñaba en explicarme sus ideas al respecto que finalmente no me quedaron muy claras. Cuestión de cervezas, supongo.
Al llegar a las oficinas recuerdo que la novela que estaba estoy estuviese estube estaré escribiendo comenzaba precisamente con algo que tiene que ver con esto de los "golpes de suerte" o algo por el estilo. Se trata del inicio de la novela, o de lo que era el inicio, ya que entre tantos borrones y cuentas nuevas, correcciones, arrepentimientos y replanteamientos, ha terminado por iniciar de otra forma que pudiera ser más desafortunada, pero en fin. Corto y pego. Salud, C!
Uno jamás sabe cuándo, por algún error, la suerte o el azar o la conjunción de ambas, cambiará tu vida para siempre. Sabemos o imaginamos o creemos intuir que las cosas maravillosas o las realmente malas no pueden sucederle a todas las personas, sino a un reducidisimo grupo tocado por la (des)gracia; o a muchas, pero siempre a otras. La suerte, o lo que se dice un golpe de suerte, jamás está de nuestra parte, jamás, pero en serio jamás. El que gana la lotería o conquista a la muchacha de la que todos estaban enamorados en la facultad, el que recibe una bala perdida en un tiroteo o le dan las buenas cartas en el poker, el que aún escéptico apuesta al caballo quince y logra salir con una fortuna del hipódromo, siempre es otro. No sé si lo han notado: siempre es otro. Todas estas cosas y muchas otras le suceden siempre a un amigo de un amigo, a alguien que apenas conocemos por su nombre y a veces ni siquiera por su nombre. Escuche que tal, supe que tal. Se trata, en el fondo, de una situación de vulgar estadística. Vamos, de una ley: Si hay un premio en la lotería y tantos miles de de jugadores... ¿Ahora se entiende? Bueno, yo me quiero entender con los novecientos noventa y nueve personas que no ganaron. Para que nosotros hubiésemos ganado ese premio debimos ser esa otra persona, pero para ser esa otra personas debimos no ser nosotros. Bueno ya se entiende, ya se entiende. Finalmente los que mueren siempre son los otros. Esto lo asumí a una edad muy temprana y pude constatarlo en aquellos días asoleados de fútbol, ya que no era mi torpeza o la falta de hambre de triunfo (como lo aseguraba mi profesor de Deporte) lo que me impedía meter la bola entre las redes. Yo tenía todo eso al menos en un grado suficiente si no para ser el goleador de la temporada sí para hacer menos penosas mis derrotas y mis humillaciones, y sin embargo ya para entonces sospechaba que me faltaba algo fundamental que sí tenían un amigo de un amigo, y era solamente estar en el lugar preciso para hacer lo mío, ni un paso más o un paso menos de aquel punto en donde solo faltaba la decisión de patear el balón, y a veces ni siquiera faltaba la decisión, bastaba con tener el mero instinto de patearlo para que el maldito balón terminara entre las redes y tú arriba de los hombros de tus compañeros. Yo, nuca, pero nunca metí un gol. Bueno, en cascaritas sí. Pero digamos en un partido mínimamente importante, jamás. Al menos no lo recuerdo. En cambio sí me recuerdo llegando a las canchas de fútbol y retirándome de ellas con el uniforme hecho una mierda; primero frenético por que iba a empezar el partido, diciéndome que sí, que haría todo lo que estaba en mis manos (aunque tuviera que usarlas) y en mis pies para hacer una hazaña o algo medianamente loable y, después, cabizbajo, pensando o sintiendo en toda la conciencia y el corazón los veros de Sabina: “otra vez volví a perder el partido sin tocar el balón” pero convencidisimo (esto lo pensaba en las regaderas) de que solo faltaba un golpe de suerte y ni siquiera tan grande para meter el gol que nunca llegó. Como tampoco llegaron otras cosas mucho tiempo después. La vida, estoy hablando de la mía, tiene esa vaguedad y esa continuidad soñolienta en la que difícilmente se podría distinguir los momentos coyunturales de los irrelevantes. Esos giros...vamos, esos giros imprevistos del destino, todo eso no me pasa. Y si las cosas que nos pasan no cambian el transcurso de nuestra vida aunque sea en un grado mínimo, se podría decir que realmente, en rigor, no nos pasan. En lo que a mi respecta, siempre he tenido una enorme dificultad para encontrar esos momentos, como diría Azua, esos momentos decisivos; importantísimos y transcendentales, esos giros en que ya no se puede ser el mismo y no se puede regresar y en los que, por así decirlo, se empieza algo nuevo. Hace algunos años pensé que uno de estos puntos había llegado con la publicación de mi primera novela: Retrato de niña porno. Pensé que mi situación de escritor anónimo y bien pensante pasaría radicalmente a ser la de un escritor medianamente maldito, modestamente odiado (en aquel entonces, estaba convencido de que un escritor autentico desea más el desprecio que la aceptación de la sociedad) Pero la realidad es que en el transcurso de los años que siguieron apenas sucedió algo importante; todo lo contrario: la novela vino a corroborar mi transparencia como ser humano y como escritor. Algo muy en el fondo de mi me dijo que podía publicar una novela, incluso una docena, eso no tenía importancia , no importaba para nada: no sería alguien notable. Sería para siempre un transparente. Veo que utilice esta palabra demasiado pronto, pero ahora que lo he hecho, quiero detenerme un poco en este asunto de la transparencia ya que es sumamente importante, o no tanto, quién sabe. Cuando vas caminando por la calle hay un determinado número de personas que aparecen frente a ti: chocas con ellos, los evitas, a veces mueves el hombro un poco para no rozarte con ellos, ves a una mujer rubia, a un tipo de apariencia sospechosa, etc; pero la gran mayoría, la inmensa gran mayoría, son personas en las que difícilmente podrás reparar. Sus cuerpos se confunden con el entorno y constituyen una semi presencia. Se trata de personas que estan allí sin estarlo; caminan como fantasmas, ignorando que sus rostros y sus personalidades pasan desapercibidas, por que son imperceptibles para la mirada común, ya que no tienen ninguna cualidad que los haga ser minimamente llamativos. Eso: no llaman a la mirada, estan allí como agujeros negros, y si por algún milagro o azar alguien se fija en ellos, suele ser por un brevísimo instante que ya después la memoria desplazará sin ningún miramiento convirtiéndolos en un dato irrelevante y luego en nada; son pues, transparentes en el sentido más exacto de la palabra, minuciosos parpadeos de luz en una ciudad cegada por el espectaculo y la abundancia. Yo, por ejemplo, soy un transparente la mayoría del tiempo. Cuando presente mi libro en una pequeña pero curiosa sala de hotel en Polanco, me tomé la libertad de llegar con una hora de anticipación para repasar mis notas y hacer correcciones de última hora. Me senté en primera fila y comencé a subrayar algunas ideas que no quería olvidar; las luces, de repente, se apagaron. Al volverme vi que la puerta principal estaba cerrándose pero pude reaccionar antes de que se cerrara por completo y dije un “hola” o un “buenas noches” o un “ehhh” Casi al instante volvió la luz y apareció una mujer de unos treinta años de edad, algo desaliñada, más bien bajita. Se desprendió del oídos unos diminutos audífonos: disculpe, no lo vi. A eso me refiero: transparente. No voy a negar que la empleada del hotel podía estar absorta en su música espantosa de Reggeaton, que su sonambulismo propiciaba mi transparencia, pero ultimadamente ¿quién no vive distraído en estas ciudades? Me refiero a esa profunda distracción que nos desconecta y nos aísla, a eso me refiero: sonámbulos y transparentes, bonito mundo. Esas palabras dolorosisimas de “perdón, no lo vi” “disculpe, ¿qué dijo?” etc, las habría de escuchar innumerables veces en una gran cantidad de contextos y dichas por una gran cantidad de personas. No me quiero poner de modo en el diván, pero si mal no lo recuerdo, mi madre, cuya transparencia encajaba perfectamente bien con el sonambulismo de mi padre, también llegó a poner dos platos sobre la mesa, y no tres, como debía. Perdón, hijo, no sabía que estabas en casa ¿Qué me hacía un transparente? Mi cuerpo, mi rostro, mi vestimenta, mis actitudes, mi personalidad, etc. En estas circunstancias ya puede irse comprendiendo por qué la fama comenzó a parecerme algo misterioso, una experiencia divina y extrema; inaccesible también. Precisamente mi vocación- ¿Se podría decir así?¿Mi vocación? -por la escritura se originó por de esta ausencia de hechos coyunturales y por otra parte, en menor grado, para cambiar mi destino de transparente. Nada me sucedía o al menos nada interesante o digno de contarse, y por eso mismo, por ser insípido e inútil, por carecer de toda importancia y ser banal y efímero, había que contarlo para que fuese importante aunque terminara por mentir y tergiversar o crearme un alter ego con una vida de falsario. Ni modo. De forma inversa, veía inútil que alguien contase algún hecho interesante que le hubiese sucedido ¿No le bastaba con vivirlo? ¿No era eso realmente suficiente? Mi primer libro tratò de un futbolista. Y sì metìa goles.

Pero miento. El poeta es un mentiroso, dijo Pessoa y dijeron otros tantos. Sí me han pasado cosas. Me casé con Liliet, una joven transparente que traducía libros de otros escritores transparentes de países más o menos transparentes del centro de Europa. Escribí por aquellas fechas Un año con Amelie, y luego le siguieron la orquesta de las mujeres y Varsovia mía, y escribí aunque no publiqué el poemario visto de atrás y de frente. Falleció un amigo poeta a quien tampoco le sucedían muchas cosas pero que finalmente le sucedió esa: morirse. Me ofrecieron un puesto como profesor adjunto en Oxford, al parecer un académico importante había leído uno de mis libros con entusiasmo, y me sucedió rechazarlo para escribir otra novela que también me sucedió, es decir, que también escribí, y con la que por fin logre existir en el mundo y cambiar mi cualidad de transparencia: Los hijos de Larry, aunque debo decirlo, me sucedió también el rechazo de mi editor y la enemistad subsiguiente con él y con un circulo de colegas noveles que le demostraron una fidelidad tan necia como absoluta; por estas fechas, me reencontré también con Alejandro Bosco, un inteligente compañero de la universidad que se había transformado en un reputado agente literario a una edad muy temprana, pues no tendría más de treinta y un años cuando ya había fundado su propia agencia de representación después de haber trabajado para otras importantes. También por estas fechas estaba tramitando el divorcio con Liliet, que no hacía otra cosa que seguir despareciendo en su transparencia, y con la que ya no tenía nada en común ni nada de qué hablar. En dos años la había perdido (¿Se puede decir así?) y me parecía que ya no hablamos el mismo idioma; esta es una afirmación un tanto literal: me daba la impresión de que estaba tan inmersa en sus traducciones, que pensaba en ese retorcido lenguaje escandinavo del que no veo cómo puede originarse un pensamiento claro y distinto. Fueron dos años en los que me sucedieron cosas, por fin. Pero lo que verdaderamente me sucedió, en cuyo eje gira el peso de toda mi vida, inicia con esa llamada que recibí en mi viejo apartamento cuando ofrecía una pequeña fiesta para mi amigo Gonzálo, que había publicado un ensayo sobre Enrique-Vila Matas y Roberto Bolaño. Allí, en ese punto, comienza a suceder al menos lo que quiero contar.

A. Paciano

lunes, diciembre 29, 2008

 

           Leyendo un Blog donde se menciona a Wittgenstein (Yo diría el tercer Wittgenstein: el W. poeta) recordé un texto que escribí por la misma fecha en que intentaba leer, sin entender creo: más deslumbrado que iluminado) aquel libro "Sobre La Certeza"  Tras una breve busqueda en las carpetas olvidadas de mi ordenador: 

       Está pensando mi sombrero...Silencio que está pensando mi sombrero, y mi guante va a usar la tinta para escribrir lo que está pensando mi sombrero. Ah ya sé que la muerte es como un paraguas que se te abre sin querer frente a la cara.

     Me siento así, usado por las cosas. Por que las cosas tienen más personalidad que mi alma, por que las cosas parecen estar más vivas, y me tocan. 

sábado, diciembre 27, 2008

La novela que vendrá

 

    Voy a escribir un manifiesto o voy a escribir una novela.  Un manifiesto-novela. Se trata de lo siguiente:  el e-book es un libro pasado (calcado) o transportado a un espacio virtual, "está" en un espacio virtual, pero no es el espacio virtual. Así, el Quijote de la mancha versión online en formato PDF, etc.   A grandes rasgos esto es lo que se entiende por literatura virtual. El libro en otra plataforma, la pantalla en vez de la hoja. 

*Mi manifiesto o mi novela futura:  tejer la novela con ese espacio virtual, usarlo en vez de habitarlo. Me explico:  una novela virtual, nace y está pensada para leerse no solo en pantalla, sino en internet. La novela virtual no podría leerse si no tienes conexión a internet. No podría leerse, mucho menos, en papel.

     Una novela que esté "conectada" con  videos, canciones, conversraciones de foros, que haga necesario el uso de otras páginas web; que más que citar, te transporte (por medio de links) a otras páginas y esas otras páginas a otras.

     No solo hay que inventar un personaje, hay que "ponerlo" en circulación en el juego de identidades virtuales, digamos, poder visitar el myspace, su hi5,  etc, de esos personajes (si es pertinente)  Usar wilkipedia como un recurso de invención ( a Borges le habría encantado) 

      Una novela Hibrida. Que apunte siempre hacia el afuera. Si hay alguien que podría escribir esta novela, es tal vez Agustín F. Mallo. Ojala lo haga. Yo estaría encantado de leerla. Por lo pronto siento que esa novela está por venir. 

     

viernes, diciembre 26, 2008

 

     En la página de club cultura (www.clubcultura.com ) puede leerse algunos adelantos (ahora ya no lo son, puesto que el libro ha sido ya publicado)  del proyecto Nocilla de Fernandez Mallo.  Corto y pego: 

    "Por fin han encontrado las armas de destrucción masiva. Las tenía el dictador ocultas en su propio cuerpo. Y sólo era una, cuidadosamente cosida a su estómago. Una cápsula de 1 cm3 unida a un micromecanismo adjunto que podría ser activado por él mismo mediante un control remoto mental. En efecto, con tal de concentrarse precisamente en ese punto de su estómago, y dirigir ahí toda la fuerza de los pulmones e intestinos en virtud de una técnica adquirida por viejos métodos de respiración yoga, el citado micromecanismo se activaría soltando así un veneno que lo haría morir al instante. La destrucción masiva vendría dada por un efecto cascada: la oleada de inmolaciones en cadena que prevé el Corán Tipo-B para estos casos, a imagen y semejanza de esa otra reacción en cadena que damos en llamar «nuclear». Cristianismo, budismo, islamismo y tecno-laicismo en un solo relámpago"

   De paso, les dejo un video de la costa brava,  que conocí por medio de Fernandez Mallo y cuya discografía me parece de alguna manera el soundtrack de sus novelas; de la misma forma en que Charly Parker es el soundtrack del mejor Cortázar. 

sábado, agosto 23, 2008

4:00 am.

4:00 am.
Abro el messenger,
digo hola
repito hola
transcribo hola
escribo “estas allí”
corto y pego
“estas allí”
corto y pego
“estas allí”
escribo “:)”
insisto “:( ”
por un instante
alguien se conecta
y desconecta
como la puerta
de la casa
no sabemos
si alguien ha
pasado
o nunca estuvo.
Mientras tanto
ya me inscribí
en una revista
de literatura
escandinava
de tendencias
post-estructuralistas.
Katie Fey
petite bonjour
teen latina
y Karla appears to be of line.
Lucy appears to be of line,
Maga , dolorosamente,
appers to be of line.
Incluso tú, hija de puta,
me eres esta noche
un appears to be of line
como si nunca
hubieses existido,
como si la vida
jamás hubiese
sido en esos bares.

A. Paciano
YO NO SÉ CAMINAR BAJO UN PARAGUAS.


Yo no sé caminar bajo un paraguas,
parece tan dificil andar de la mano,
perfectamente coordinador con la
mujer que sabe usarlo en el momento
justo y a la altura adecuada.
Yo me atoro en los puentes,
pierdo el paso,
tropiezo, giro, avanzo
y cruzo la calle y me miras
desde el otro lado
como diciendo
eres un imbecil me estoy mojando.
En cambio tú manejas bien
esos delicados instrumentos
de la nostalgia,
contienes el vuelo, perfilas el aire,
vas como en una película
a blanco y negro
haciendolo todo de blancos y marrones.
Y sin embargo intento
que seamos uno, que lo poco ajuste,
que no falten o sobren las palabras
en ese transito de insomnes,
pero la verdad es que soy inútil
para caminar bajo un paraguas.
Por eso te propongo
que no los usemos
que la lluvia haga lo suyo
que las risas de mojarnos hagan lo suyo
que el momento haga lo suyo también,
en fin, que todo consipire para que
tarde o temprano, al llegar a la casa, nos quitemos las ropas.


Alberto Paciano © 2006

domingo, julio 20, 2008

Llamadas telefónicas.




Miquel colgó del teléfono y espero a que terminara de pasar el camión para volver a marcar. Era una zona de la ciudad particularmente ruidosa. Circulaban numerosos automóviles y rutas de transporte público, además salía ruido de los establecimientos de los alrededores, como el café Gallegos, que era justo de donde venía Miquel. Se tapo la oreja izquierda con el dedo índice y volvió a marcar un numero sobre el tablero. Sabía que la dirección era más o menos así: 36, 46, 56, 03. Pero no estaba seguro. El último número podía ser 4 pero también 7; podía ser cualquiera. A esas alturas era imposible saberlo. Veía un 3 al principio, de eso estaba casi seguro, de hecho, definitivamente era un 3. El 5, en cambio, era un dudoso dígito. Podía ser un 6 en vez de un 5. Después de todo la letra que más o menos recordaba iba a mano escrita, ya casi tirando a firma o garabato; una letra que iba más en la mano de una cincuentona que en una mujer joven y guapa como Claudia. Cambió el 5 por el 6 y espero en vano a que alguien contestara. Colgó y marcó de nuevo. Contestó una voz masculina que le dijo, un poco desganado, que allí no era, estaba equivocado. Invirtió los últimos dos números, luego los penúltimos: nada. A lo largo del día había intentado decenas de direcciones, pero el resultado había sido el mismo: teléfonos ocupados, negativas, contestadoras lacónicas; incluso había marcado a una agencia de viajes y a una fabrica de ventas de computadoras al mayoreo. Estaba cansado. Se maldijo una vez más por no haber apuntado el número en el celular o en la agenda. Sabe por qué no lo hizo. Por decidía. Ni modo. Era imperdonable pero ni modo. Ahora tenía que recordar la dirección u olvidarse de ella. Intentó imaginar la servilleta en sus manos y leer las difíciles líneas, las imposibles líneas. Días antes la desesperación le llevo a dudar incluso del nombre de Claudia. Podía llamarse Carmen o Karla y hasta Cloe. Esa conjetura era más probable si consideraba que los dos habían estado tomando whisky y cerveza. Estaban ebrios. Más él que ella. Apenas podían entenderse entre los gritos y las conversaciones de a lado, con esa música altísima que les había obligado a hablarse muy de cerca y, mal o bien, practicar un lenguaje inútil de murmullos y malos entendidos, hasta que decidieron abrir uno nuevo compuesto de caricias y miradas y besos. Sentía el calor de una boca entrando en su oído, casi escuchaba el nombre, esas dos silabas húmedas. Pero luego el calor bajaba por su cuello y lo que había comenzado por ser una palabra se convertía pronto en un beso detrás de la oreja o en el cuello.
Pensó que lo mejor sería ir al bar. Ya había pero ya no se le ocurrían otras alternativas. Allí debía esperarla o preguntarle de nuevo al Bar man si no había visto a una mujer más o menos así, creo que alta, de ojos no sé, de cabello sabe cómo, vestida de falda o pantalón (sus manos recordaban más bien un pantalón pero quién sabe) El bar quedaba algo lejos, por la zona Chapultepec, pero ¿Qué otra le quedaba? Estaba cansado de luchar contra el olvido, de pensar que en alguna parte de su cerebro estaba la dichosa cifra, la reputisima cifra. Durante los primeros días fue optimista de una manera un tanto literaria, es decir, de la peor forma en que se puede ser optimista: un recuerdo de algo, de cualquier cosa, lo llevaría a otro recuerdo más relevante, y ese, hacia otro casi revelador. Un aroma tendería un puente hacia una melodía, y esa melodía lo llevaría directo hacia una palabra, y esa palabra hacia un silencio, luego vendría por ejemplo la insinuación de un perfume, y luego ya, ahora sí: un número, y ese número al siguiente, y ese al otro. Esas cosas pasaban todo el tiempo en la novela de Proust. Por otra parte, según Freud, ninguna sensación que haya estado en la psique podía borrarse y desaparecer por completo, y no solo eso: era posible recordar cualquier palabra, cualquier evento; cualquier cosa por insignificante que haya sido. Algo así decía el jodido Freud. Y si eso era cierto, entonces por allí debía estar el número. Sabe dónde. Pero allí estaba, transformándose en el interior de su mente, convirtiéndose en pájaros, en huellas, en mapas, en jeroglíficos. Había practicado incluso una metodología absurda que consistía en sustituir las cifras de una serie de números proporcionados por su conjetura. De esta forma el azar o el tiempo lo llevarían tarde o temprano a la cifra correcta. Para esto había escrito en su cuaderno de estudios poéticos la siguiente lista:
Número esqueleto : 36 _5 _8 46
Derivaciones : 36 15 18 46
36 25 28 46
36 35 38 46
36 45 48 46 .
etc.....
E iba tachando los errados. O sea que iba tachando todos. La paciencia se le terminaba. De hecho se le terminó en ese momento que se dirigía a su departamento de estudiante pobre.
Se metió una vez más a una cabina de teléfono, pero estaba vez marcó el número del amigo que lo había acompañado en aquella noche vaga.
--Hey, diga.
--¿Paco?
--Miquel aló ¿Cómo estamos?
--La reputisima que no te creo que no recuerdas a la mujer del bar.
Miquel escuchó una risa y luego a la distancia la voz de Julia.
--No te rías, cabron. Estoy hecho un carajo.
--Tu lo que necesitas es una buena paja, me cae. Pero una paja, paja.
--No mames ¿Qué vas a hacer al rato?
--Voy a cenar , guey.
--¿Nos aventamos un café o qué?
--Guey, la neta que no me voy a pasar toda la noche buscando a tu mujer misteriosa como la otra vez.
--No mames. Te digo que solo un café.
Julia dijo algo. Un bebe lloró al fondo de la casa.
Paco tapó la bocina con la mano y Miquel escuchó un silencio sofocado. Espero impaciente. Luego volvió la voz de Paco que decía:
--Pues si me aguantas a cenar te llego más tarde, dime en dónde.
--Ya te la sabes. En el Gallego.
--Simon, allí te veo.
Miquel se metió en el gallegos. Vio las pequeñas gotas de agua que bajan por el cristal. Pidió un café express y se puso a beberlo sin ganas. Pasaron un par de horas y Paco no llegaba. Finalmente le llegó un mensaje al celular donde le decía que estaba lloviendo a cantaros por su casa, que Julia se había molestado y la niña y otros pretextos, total: no iría. Miquel abrió el cuaderno para revisar los números tachados y por casualidad encontró un poema de José Hierro que había copiado en cierta ocasión. Pero no lo había copiado todo. Solo los últimos párrafos:

Borra de tu memoria
este número de teléfono.
2-6-8-1-4-5-6.
Táchalo en tu agenda.
Si ahora marcaras este número que no puede escucharte,
nadie respondería. Este número sordomudo: 2-6-8-1-4-5-6.
Borra, olvídalo, tacha este número muerto:
es uno más, aunque fue único.

¿Y si él había hecho eso ? pensó, y ¿Si él mismo había querido olvidar esos números? ¿Y si eran esos números del poema de José Hierro? Pero entonces ¿A la realidad le gustaban las bromas? Buscó en vano la fecha en que había transcrito el poema. Salió del café. Todavía llovía pero ya no tanto. Entró a una cabina. Le marcó a José. Timbró tres veces y se desató en el interior del auricular un pequeño infierno estridente.
--Qué pasó, Miquel—dijo José.
--Hola, me escuchas?
--Qué onda, Miquel
--¿Me oyes?
--¿Sí me escuchas?
--No oigo ni madres.
--Oye, tu apuntaste en mi libreta un poema?
--Puto desmadre que no te escucho. Mandame un mensaje.
--¿Cómo?
--¿Qué pasó? Estoy aquí en un antro, guey.
--Que si tu escribiste un poema en mi libreta.
--Guey no mames, mandame un mensaje no te escucho nada.
José colgó. Miquel también. Pensó que lo mejor era regresar al departamento. El desorden de la sala lo recibió plácidamente. Olía a paredes y humedad, a ropa sucia. Se tendió de espaldas sobre la cama y se quedó dormido. Al día siguiente hizo nada más diez llamadas. Volvió al bar pero se aburrió más rápido que otras veces. Al segundo día hizo cinco llamadas, y mantuvo esa esperanza hasta el quinto día. Olvidó o casi olvidó el poema de hierro. Dos semanas después sintió que la amaba con dolor. Se sentó en la barra durante horas, esperando, intentando recordar la dirección, pero ya pocas veces se atrevió a marcar un número. A finales del año hizo una llamada, prometiéndose que sería la última. Tomó el teléfono y marcó el 2, luego el 6, dudo un poco en pasar a la siguiente cifra, pero un sentimiento de derrota más que de una posible victoria, le dio valor para marcar el 8, y enseguida presiono el 1, pasando inmediatamente al 4, luego al 5, finalmente y después de otra pausa, presionó el 6. El teléfono timbró. Espero. Estuvo a punto de colgar pero espero. Algo, no supo qué, perdió para siempre cuando escuchó una voz masculina. Allí no vivía ninguna Claudia.
A. Paciano © 2005.

jueves, julio 17, 2008

ALBERTOLOGIA 2.1



Instrucciones para acabar con Alberto Paciano.

A diferencia de lo que pudiera pensarse, acabar con Alberto Paciano es muy sencillo. Tómelo por el cuello mientras está leyendo y, haciendo un movimiento rápido, tuerza con decisión hacia cualquiera de los dos lados. También puede entrar sigilosamente mientras duerme y hundirle un cuchillo previamente tomado de la cocina; la puerta de su casa la encontrará invariablemente abierta y su sueño, sin excepciones, suele ser profundo. Hay, por último, un tercer método. Se trata de buscar una mujer ni siquiera tan perfecta que finja que lo quiere. El procedimiento básicamente consiste en lograr que Alberto se enamore de ella y después traicinarle o herirle o despreciarle. Una vez lograda la mezcla deseada de confusión y nostalgia, puede acelerar el proceso disponiendo diariamente de un poco de alcohol, procurando que quede siempre a la alcance de su mano. Esto nos dará un Alberto débil, enfermo, abatido, desanimado. Si todavía lo ve fuerte, agregue canciones de Sabina al gusto. Aun así, este método suele ser tardado, y siempre se corre el riesgo de que alguna otra mujer, ni siquiera tan perfecta, se cruce en el camino y termine por restablecer su salud. Se recomiendan, pues, los dos primeros.

A. Paciano © 2007


sábado, julio 12, 2008

1.1.a


* *Sí los pintores suelen hacer autorretratos, los escritores practican un género equivalente: el diario. Sin embargo el autorretrato es una obra destinada a la exhibición, mientras que el diario nos llega, (cuando se trata genuinamente de un diario) por la vía del sacrilegio, de la invación a la privacidad, de la traición a un deseo (Kafka-Max Brod) En este caso, el texto da siempre la impresión de querer permanecer en el más acá de la intimidad, de lo privado, etc. Se reserva bien su espacio de silencio, su reticencia inherente; y sí ha de leerse, no ha de ser en un acto soberano del lector sobre el texto, sino mediante un acto de infiltración. Lectores no invitados a la lectura, intrusos en medio de los signos y la memoria. Se me ocurre que el autorretrato del escritor podría ser no el texto autobiografico ni el diario sino la autoentrevista, un gesto deliberado de poner en tal lugar las pinceladas y de trazar las lineas de una intención que es doble: conocerse, y darse a conocer, es decir, conocerse de vuelta, en los otros. Ensayé esta conjetura y a manera de juego (la autocompresión debe ser una construcción lúdica, a no ser que queramos aburrinos a nosotros mismos) me hice unas pregutnas que terminé por no saber cómo preguntarme, pero cuya formulación revelaron de manera más exacta mi fisonomia que las respuestas mismas.
**No por soledad, sino por bipolaridad, escición de conciencia (a conciencia, también), juego de espejos, practiqué el ajedrez contra mi mismo. Movía con las negras, invertía el tablero, y respondía con las blancas. La dinámica tiende a ser exhaustiva para la inteligencia: un movimiento, cualquiera, contiene ya su contramovimiento, su negación. Pero la mente tiende a ser concesiones, las partes no tardan en negociar, en diluirse en una sola y única estrategia general de juego, pero también está el camino del colapso, el corto circuito, la locura.

domingo, octubre 30, 2005

probando blog

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