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G.O.

martes, noviembre 10, 2009

LOS ULTIMOS LECTORES

       Un día soy un optimista absoluto respecto al futuro de la literatura y me siento por consecuencia optimista respecto al humanidad en general; otras en cambio, amanezco como un apocalíptico. A veces basta leer una nota en donde Philip Roth dice que en el año 2035 leer novelas será un hábito de culto para desmoralizarme y buscar urgido otras verdades en la primera secta rara que se me ponga enfrente. Otras me escandalizo cuando leo que Google digitalizará millones de libros y me pongo  como un Neardenthal que ante el descubrimiento del fuego grita, salta se da de topes e intenta convencer a sus camaradas Neardenthales que para qué si la carne es mejor cruda. En ocasiones el pesimismo me llega cuando entro a una sala de cine y apenas veo los avances me echo para atrás del asiento con el corazón destrozado, pensando, muerto de miedo : Imposible, no hay forma de competir contra eso , simplemente no hay forma (Concretamente, cuando vi los adelantos de pandillas de Nueva York) El golpe más reciente fue cuando leí hace poco que según un estudio –que no tengo a la mano pero juro que no me lo he inventado- los chicos que leen a Harry Potter no leen después otros clásicos de la literatura infantil ni juvenil ni adulta ni senil [Saramago últimamente un maestro de este último género] El estudio no aclara si los niños no continúan leyendo porque quedaron Potterizados o porque descubrieron las drogas o porque Hermione Granger está cada vez más buena o qué. Yo no he leído a Harry Potter pero aun así no puedo evitar caer en un estado de depresión absoluta y  pensar que si Harry Potter no pudo salvar a nuestros niños de un futuro como analfabetos funcionales ¿Entonces quién podrá salvarnos? ¿Quién? 

         Fue en uno de estos estados de amargo derrotismo que me dio por abrir un nuevo Blog. Se trata de un espacio que pretende documentar la irreversible caída del imperio de las letras frente al imperio de la imagen [cuando ando pesimista] o bien estimular a los posibles visitantes hacia la lectura [cuando ando optimista]

          Justo ahorita-ya a punto de amanecer- estoy escuchando de fondo la canción de Bob Dylan que sirve de Soundtrack a la película  Wonder Boys, adaptación de la novela de Michael Chabon. Pienso dos cosas. Primero: imposible, pero ni de broma, encontrar en el libro de Chabon el  encanto de Katie Holmes bailando y seduciendo al profesor Grady Tripp, interpretado por Michael Douglas. Imposible pese a que la novela es una obra maestra de la literatura gringa contemporánea. No es culpa de Chabon. La palabra es bella y todo, pero somos humanos, demasiado humanos. En esta parte mi pesimismo está de acuerdo con mi optimismo. Segundo: cuando vi la película supe de inmediato que quería escribir una novela basada en ella.  [Después de todo ¿Cuál es esa lógica que nos dicta que un texto puede traducirse en imágenes en movimiento y no en el sentido inverso]   Por supuesto que pronto descubrí la existencia de la novela y además que no lo hubiera hecho tan bien como Chabon-pues claro. Sin embargo, la idea de escribir libros basados en películas me parece  muy interesante [cuando estoy optimista] y también muy idiota [cuando estoy pesimista]. Pero sobre todo,  me parece que sería una autentica patada directa a los huevos de los topos Vilamatescos que conspiran para terminar con la literatura en el Mal de Montano-animales que, por cierto, no deberíamos interpretar como una mera metáfora: yo los he visto con mis propios ojos en los días más pesimistas.  

        Justo hace un par de meses que terminé de ver Los Sopranos-los 86 capítulos-  me quedé paralizado durante unas semanas, imposibilitado a escribir cualquier cosa. Primero pensé: Las novelas totales [a lo Tolstoi, a lo Mann, a lo Musil, a lo Víctor Hugo] serán ahora aquellas series televisivas de textura cinematográfica que puedan alcanzar-está por verse- las alturas de los Sopranos. Que yo sepa, en los últimos cincuenta años, ninguna novela escrita tiene aspiraciones tan logradas en la lógica de esa totalidad como Los Sopranos.  Entonces, en mis momentos optimistas pienso: La literatura debe escribir una novela basada en los Sopranos. En los pesimistas: ¿Para qué? Todo está ahí.  

    Otra cosa. He notado que paralelamente a esta obsesión por el fin de las lecturas literarias he tenido un interés creciente por indagar sobre la existencia de vida inteligente fuera de la tierra y el futuro de la humanidad como especie interplanetaria, capaz de colonizar, en su primera etapa, satélites cercanos y planetas como Marte. La relación entre estas dos inquietudes no las tengo muy claras, pero una cosa me lleva a pensar en la otra y viceversa. De entrada, no sé por qué, pero me da la impresión de que en esos viajes de exploración y colonización, no vamos a llevarnos muchos libros. Quizá haya algunos tripulantes nostálgicos haciendo lectura mientras flotan por la gravedad cero, pero no moveremos la biblioteca de Washington a Marte, no. Ni siquiera, me temo, la Octavio Paz. Tal vez las transportaremos en un USB. Pero los libros en físicos, lamentablemente, no. Esos quedaran resguardados en bóvedas ultra secretas que podrían estar en algún lugar de la vasta Rusia o en un desierto de Arizona. Con el tiempo los idiomas que se hablan en esos libros caerán en desuso y olvidaremos finalmente su ubicación.  El escenario me parece feliz o trágico, dependiendo de mi optimismo o mi pesimismo. Sin embargo, debo admitir una cosa: he notado que cuando soy pesimista escribo con más fluidez, diría que felizmente. Puede que no sea sino la comodidad de saber que podemos prescindir de ser buenos ya que nadie nos leerá. Puede también, que después de todo, encuentre algo de heroico y de noble  el ser parte de esa estirpe de los últimos lunáticos que desearon escribir y la aun más privilegiada estirpe de los últimos lectores [como esos indios americanos que vislumbran su destino: ser el último hombre en hablar una lengua]

                                                                                                                             A.Paciano

domingo, octubre 18, 2009

CAMARA 3.

Lisa quería ser directora de cine aunque en ese momento no sabía bien en qué consistía eso. AL principio tampoco se animaba a contárselo a nadie, ni siquiera a Beni, él cómo iba a entender esas cosas, si apenas tenía un año y dos meses, y aunque tuviera más, Lisa prefería no hacerlo porque entonces tendría que explicarle la diferencia entre un productor y un productor ejecutivo, o explicarle qué era un gaffer, una palabra que no le sonaba a nada, pero cuyo significado descubrió después en la wiki, y no solo lo descubrió, sino que lo leyó en voz alta para Beni, que la escuchaba con los ojos abiertos como si estuviera viendo algo que le interesaba mucho.

Lisa se la pasaba pensando que iba a hacer un video sobre Beni, una película que rodaría durante diez y ocho años y que crecería al mismo paso que él, como una memoria total, aunque también sería una película sobre ella, sobre ella y Beni, juntos, y en menor grado también sobre el Padre de Beni aunque él no iba a salir en la película. Lisa pensaba en este proyecto cuando lo veía jugar, cuando lo tenía en sus brazos y lloraba o los dos lloraban al mismo tiempo, cuando sentía que los dos solitos estaban enfrentándose al mundo y que no necesitaban a nadie, ellos dos podían con todo, ellos dos solos y tal vez el pato Jovo, que le encanta a Beni, el pato Jovo que lo cuida, que no deja que los monstruos de la noche se le acerquen. Los tres son como superhéroes, como cowboys del oeste, como la última tripulación del mundo que deja la tierra para buscar otros planetas.

Nada más que tuviera poquito dinero ahorrado y se iban a comprar una cámara bien bonita, a lo mejor no muy costosa, pero tampoco una baratija, tal vez una handy cam como la que vieron en Fabricas de Francia y que una pareja terminó comprando para sus vacaciones, una pareja que se veía, hay que decirlo, bastante feliz. Luego cambiarían a algo más profesional, hasta puede que con el tiempo se comprara una súper 8 u otra cámara analógica, puesto que a Lisa le gustaban más que las digitales, pero tampoco se iba a esperar a tener una, porque Beni tampoco se iba a esperar a crecer; dentro de poco se pondría de pie y tendría que seguirlo por todas partes, corriendo detrás de él para tomarle video. Por otra parte, lo mejor era aprender las cosas básicas con una cámara sencilla. Nunca había tenido una en sus manos pero en cierta forma eso era lo de menos, las cosas se van a prendiendo, igual como había sucedido al principio con Beni, que no sabía cómo cambiarle los pañales y le daba vueltas por todas partes y pensaba que era tan estúpida, que no lo merecía, o como aquella vez que pintó su cuarto o intentó pintar su cuarto de azul y todo terminó en un desastre y tuvieron que llamar al tío de Beni, aunque se enojara y no quisiera verlos, o al menos a Lisa, porque a Beni sí, por eso fue y pintó su cuarto de azul y colgó esos aviones que tanto le gusta ver, esos aviones tan bonitos, pero con la película no iban a necesitar que nadie les viniera a ayudar, Beni solo tiene que sonreír y dormir como hace, jugar con Jovo como hace, y Lisa se encargaría de ponerle play y ponerle stop y de cambiar los cassettes y ordenarlos y etiquetarlos, incluso se iba a leer el instructivo completito, y lo va a subrayar con marca textos de diferentes colores, el amarillo para lo importante y el azul para lo que no es tan importante y el rojo para lo que no entendió bien; de cualquier manera, cuando Beni fuera creciendo el le ayudaría con todos los aspectos de la producción, comenzando por aquellas que le pudieran resultar más divertidas, por ejemplo, maquillarla, y ya con el tiempo, hasta era probable que terminara por dirigir su propia película, y cuando cumpliera diez y ocho años la iban a editar, probablemente Lisa ya para entonces se habría acabado los ojos y no podría permanecer mucho tiempo frente al monitor, pero no habría ningún problema por que Beni será joven e inteligente y sabrá usar todas esas cosas difíciles de las computadores, ahora los chicos aprenden tan rápido, y además Lisa terminaría por intervenir cada vez menos en el video, para esas fechas es lógico que un montón de cosas hayan cambiado, Beni tendría amigos y ellos también saldrían en la película, chicos guapos como él que harían bobería y media y luego posiblemente también desaparecerían para dejar el lugar a nuevos amigos, la gente va cambiando de amigos todo el tiempo, o casi todo el tiempo, e iba a tener una novia y ella también saldría en la película, quizá haría el amor con ella o quizá no , de cualquier manera eso no tendría mucha importancia porque también las relaciones van cambiando, y entre toda esa gente el papel de Lisa iría borrándose o desdibujándose o haciéndose a un lado para quedar situada como una actriz de relleno, pero eso no importa porque finalmente es lo normal , es perfectamente normal, lo importante es que Beni viviera en realidad una película, hay tanta gente que vive solo tráilers, le decía Lisa, tanta gente que vive a lo mucho cortitos, como pedazos sueltos, pero eso Beni no lo entendía todavía, aunque ya lo entendería.

Uno tiene que mantener las promesas que hace; porque a veces es lo único que nos une a las personas, el deseo o el propósito de cumplirla, incluso a veces el fracaso de no poder cumplirla. Ahora había que empezar con un primer plano de Jovo y después subir lentamente hacia los aviones, simulando que los ojos de Beni ven desde atrás de la cámara, ese era el plan, pero apenas puso Record, a Lisa le pareció todo tan idiota que no pudo contenerse. Agarró al pato Jovo y lo aventó por la ventana, no sin antes gritarle “pato pendejo de mierda”, pero no había pasado ni medio minuto cuando ya estaba corriendo a rescatarlo por unas escaleras que parecían no terminar, pensando en las cosas terribles que le podían pasar y diciendo Perdón Jovo, perdóname Jovito chulo. Cuando terminó de bajar las escaleras del edificio y salió a la calle encontró a Jovo en las manos de una señora de unos sesenta años que miraba hacia arriba, como no entendiendo la cosa. Lisa le arrebató el pato sin decir nada.

-Cayó de arriba- escuchó sus espaldas- oiga…Señorita…-y luego ya no escuchó nada.

Esa noche y las siguientes durmió con Jovo, pensando que todo era una tontería, en lo inútil que parecía esa camarita que no podía agarrar la realidad, con todo y sus tres ccd y sus sabe cuántos pixeles pero no puede agarrar la realidad, o lo que siente que es la realidad, una cosa que está como detrás de las cosas, lista para saltarle a la cara como esas ranas de juguete que se adhieren al suelo, pero que siempre está más allá, a veces tan pegada a los ojos, como apretándolos, pero que escapa en cuanto presiona rec y luego descubre que ahí no había nada, que las cosas estaban creando reflejos o sombras o destellos o visiones. Pero por una parte había que empezar, pese a lo inútil que parecía todo. Le tomaba video a la lluvia y le tomaba video a los huevos que cocinaba en el sartén, le tomaba video a un cigarrillo- había vuelto a fumar- y a la televisión que se reflejaba en el espejo; se tomaba video a ella misma mientras se bañaba y lloraba, aunque a veces solo se bañaba, y una vez, en la oscuridad, usando la función de night shot, le llamó al padre de Beni pero no entró la llamada y ella volvía a llamar y lloraba, aunque luego borraba las cintas y a veces, empujada por un sentimiento de inexplicable optimismo, una sensación de que la prendían fuego desde dentro, como si fuera un cerillo y se quemara viva, salía las calles a grabar cosas que le parecían más felices, rodaba por ejemplo un balón durante varios minutos o varias horas, el balón pasando por charcos, por tierra, rebotando en los peldaños de una escalera, pasando por el pasto esquivando ruedas de autos y pies , no siempre con fortuna, pero a veces sí, pero cuando se sentaba frente a la televisión para ver los resultados descubría que después de todo las imágenes no eran tan felices como había creído, se quedaba viendo el video hasta muy tarde hasta se quedaba dormida y sentía que reía o que lloraba, posiblemente las dos cosas, pero al despertar no podía recordar lo que había soñado.

Perdió el trabajo que tenía en la lavandería y tras un mes en el que no hizo nada, finalmente consiguió un trabajo de dos turnos en un Seven Eleven, que le parecía un escenario tristísimo pero real, más real que cualquier otra parte. En el turno de la noche casi no tenía clientes, y cuando los tenía, generalmente compraban condones o cigarrillos, o las dos cosas, y a veces también licor y café o hot dogs. Para cuando amanecía su cuerpo ya estaba demasiado cansado para sentir o pensar cualquier cosa, y en esas mañanas industriales, en el frio y el smog, llegaba a tener la sensación de que todo era tan pequeño, de que todo era tan tonto, como si habitara un mundo Jovo; en efecto, Jovo seguía sonriendo, como poseedor de una verdad demasiado bella para los humanos, y nadie podía culparle por eso.

Una vez, al salir del trabajo, en vez de regresar a casa, se subió a su jetta 85 y tomó la autopista, no supo cuál, no se fijó , no importaba cuál. Después de dos horas de camino, tuvo una idea y se estacionó a la orilla. Montó la cámara en el tripié y apuntó hacia unas montañas en las que contrastaban la luz del sol y una tormenta que se avecinaba. Luego se puso ella a cuadro. La carretera estaba totalmente sola y sintió en los labios el sabor del viento. Tardó un poco en hablar, no sabía bien qué decir, no por falta de palabras, sino precisamente porque las palabras venían a un mismo tiempo, como sonando en el silencio, desde dentro.

-Beni, chiquito-dijo-Esta es tu película.

Luego puso Stop.

viernes, septiembre 25, 2009

CAMARA 2.

-Hay que grabarnos haciendo el amor.

-Okey-dijo ella. Y se desnudaron ahí mismo en la sala.

En otra ocasión fueron a Maruata y fumaron marihuana. Verónica le tomó video a unas latas de cerveza y botellas de vino tinto. Luego se fue a caminar sola y le tomó video al mar. Dejó la cámara fija y ella se sentó a lado. Sintió que era feliz.

Otro día se fue al rastro y tomó video a las reses que eran sacrificadas. Estaba pensando editarlo con un fondo de Bach o Mozart. Quería que fuera algo hermoso. Pero cuando lo pasó a la computadora, descubrió que era imposible, así que no hizo nada. Dejó de comer carne durante un tiempo. Luego volvió a comer.

Otro día estaban en uno de los puentes del periférico. Verónica quería grabar panorámicas nocturnas. Karim estaba un poco aburrido, fumando un cigarrillo, tenía los audífonos puestos pero de todas maneras alcanzó a escuchar el golpe del auto contra las patas del puente o contra la barra de contención, un golpe rápido, efectivo, sin rechinar de llantas, algo muy distinto a las películas. No mames, dijo ella que no se la creía. El tampoco, pero ella sí había visto todo, y aun así no lo creía.

-¿Lo grabaste?-dijo Karim. Nunca había visto un choque ¿Lo grabaste?-repitió.

Verónica apagó la cámara y llamó a urgencias desde el celular.

-¿Qué te dijeron?

-No mames-dijo ella, a punto de llorar o a punto de reírse, Karim no supo bien, pero se le enchinó la piel.

-Deberíamos ir- dijo él-Deberíamos ir- siguió diciendo, pero sin moverse.

Regresaron callados a la casa. Ella caminaba un poquito delante de él. A unas cuadras antes de llegar, le preguntó que había querido decir con eso de “deberíamos ir” El dijo “ya sabes”. Pero ella no sabía. Mejor así, pensó. Por la noche le costó mucho trabajo dormir. Pensaba en las bolsas, por lo menos tres, y pensaba en el sonido de las ambulancias, que en momentos le parecía un coro de ángeles sin rostro que no saben que han muerto, también le pareció música electrónica experimental, pero sobre todo le parecía nada más un sonido de ambulancia.

Karim despertó.

-¿Qué pasa?

-No tengo sueño.

Hubo un silencio largo.

-¿Ya te dormiste?-preguntó ella.

-No.

Otro silencio.

-Oye.

-¿Qué?

-¿Sí lo grabaste?

Karim sintió que ella asentía.

-Mañana lo vemos-dijo más dormido que despierto.

Con el tiempo Verónica se aburrió un poco del video y dijo que tal vez se compraría una cámara fotográfica, una analógica, no digital, porque le interesaba más los procesos de revelado que tomar la foto misma. Tenía la idea de que encerrarse en un cuarto rojo podía ser muy relajante. Karim, en cambio, comenzó a interesarse cada vez más por el video, aunque no se lo contaba a Verónica.

Un día Karim le pidió prestada la cámara. Verónica se cortaba las uñas de los pies y veía televisión.

-¿Para qué la quieres?-dijo ella, solo por decir algo.

Karim le dijo que no sabía, solo iba a caminar a ver qué veía. Ella subió los hombros.

-Compra tus casetes-dijo.

-¿Cuánto cuestan?

-Depende. En el oxxo salen caros.

-¿Como cuánto?-volvió a preguntar él pero Verónica ya no le hizo caso, estaba teniendo problemas con una uña, y además estaba empezando su programa favorito. Subió el volumen.

A partir de ese día Karim se llevó la cámara todos los días al trabajo. También comenzó a llegar tarde, no muy tarde, pero más tarde lo habitual. En dónde andabas, le preguntaba Verónica, y él contestaba que había ido a tomarse unas cervezas con los compañeros de trabajo o que se había entretenido en la calle tomando video.

-¿Y qué tanto grabas tú?-dijo ella.

-Solo la calle-respondió.

Un día llegó verdaderamente tarde, a menos para lo que se acostumbraba en la casa. Se encontró con Verónica en la banquita de la cochera, fumando un cigarro. Karim pensó que le iba a reñir, pero solo tiró el cigarrillo, lo aplastó y le dijo:

-¿Ya cenaste?

Karim negó con la cabeza.

-Hay huevos y cereal- dijo ella.

Comieron en silencio. Karim comenzaba a tener sueño.

-¿Tampoco cenaste?-preguntó.

-Te estaba esperando-dijo ella, que no tenía hambre, o más bien se le había ido. El cereal se le aguadó con la leche. A Karim le dio un poco de asco pero no dijo nada. Cuando se preparaban para dormir, llegó la pregunta:

-¿Y dónde andabas?

-Por ahí-dijo Karim-andaba tomando video.

-Llegaste casi a las doce-dijo ella. Y luego de un silencio dijo:- ¿Video de qué?

-De nada. Cosas.

-Ya sé qué cosas, pero ¿Qué?

-Luego te las enseño-dijo él y se acostó. Verónica se encerró en el baño y se lavó los dientes con fuerza, enojada. Una encía le sangró. Puta madre, pensó. Se enjuagó la boca y se fue a acostar, todavía enojada.

Karim seguía llevándose la cámara a su trabajo pero trató de ser más cuidadoso con el horario. Una vez llegó a las ocho de la noche. Otra a las ocho y media. Lo más tarde a las diez. Verónica le preguntaba siempre qué había hecho o qué había grabado, pero él nunca le decía o le contestaba con ambigüedades. O sea que ya también eres artista-le dijo una de esas noches. Karim percibió el tono, estuvo a punto de responderle: ¿también? ¿O sea que tú también? Pero estaba cansado y prefirió irse a la cama. Al día siguiente llegó de nuevo tarde, solo que a diferencia de las otras veces, Verónica no le preguntó ni le reclamó nada; en cambio se levantó de la mesa, cruzó el pasillito y fue a la sala, donde estaba la mochila de Karim. Al cabo de unos segundos apareció otra vez por la puerta

-¿Dónde está?

Karim la miró como no entendiendo.

-La cámara-aclaró.

-La dejé en la sala.

-¿Dónde?

-En la mesa.

Verónica fue a la sala. Al regresar se sentó frente a él y la puso sobre la mesa. Al parecer estaba más calmada, o intentaba calmarse.

-¿Y la cinta?-dijo.

El no contestó.

-¿Qué has estado grabando?

Karim no iba a responder nada. Se quedaron callados un momento y luego ella dijo en un tono de pregunta o de afirmación:

-¿Te estás viendo con Laura de nuevo?

Mejor sí iba a responder:

-No digas pendejadas.

-Pues entonces dime qué pendejadas traes.

Se quedaron callados un buen rato. A Verónica le parecía estúpido recordar, en momentos como ese, aquel comercial en donde se prendía un foco rojo de “super efecto especial tan chingón” y una voz recomendaba contar hasta diez.

-¿Quieres más leche?-dijo ella cuando sintió que se le había bajado.

-No.

Karim se puso de pie, lavó su plato, de espaldas a ella, y se retiró a la recámara. Alcanzó a escuchar antes de salir:

-¿No me vas a decir?

Al siguiente día, en cuanto Verónica llegó del trabajo, se puso a buscar las cintas. Para entonces Karim ya había usado por lo menos una docena. La casa era pequeña y le parecía imposible que algo pudiera esconderse dentro de ella, aun cuando fuera algo pequeño. Buscó en los cajones y en las cajas de zapatos del armario; también en la ropa, en sus pantalones y en las chamarras de Karim, incluso buscó en las ropas de ella, recordando una película en donde un asesino esconde su pistola en la funda del detective que le persigue, pero no encontró nada. Pensó que posiblemente no guardaba las cintas en la casa, y hasta llegó a pensar que Karim no grababa nada. Vaya pendejo, pensó.

En la noche siguiente, mientras cenaban, se le ocurrió algo.

-Mañana voy a grabar unas cosas-dijo, enrollando en el tenedor el espagueti recalentado.

El se quedó callado, también concentrado en su plato.

-Karo-dijo.

-¿Qué?

-Mañana voy a ocupar la cámara-repitió.

Karim asintió.

-Te la dejo en la mesa.

-Solo mañana-dijo ella, que por un momento sintió que le estaba dando mucha importancia al asunto.

Al siguiente día, sin embargo, Karim se volvió a llevar la Handy cam. Encontró a Verónica, fumando, igual que aquella vez en que había llegado muy tarde. El intentó adelantarse y le dijo que había olvidado dejársela y ella contestó que no le creía.

-Dámela ahora mismo-dijo.

Karim se quedó como no creyéndosela. Se desmontó después la mochila y la sacó.

-Te la compro-dijo.

-Dámela-dijo ella estirando la mano.

Karim no tuvo opción.

-No tienes dinero-dijo ella.

-Te voy pagando de a poquito-dijo.

-Te digo que no. Puedes comprarte la tuya si quieres.

-Quiero esa.

Verónica se quiso poner lista:

-Solo la ocupo por hoy…mañana. Ahora tendré que hacerlo mañana. Regálame una cinta y luego te la llevas tú-.

Verónica esperaba descubrir el lugar donde las escondía. Karim respondió:

-No tengo.

-¿Ni una?

-Están llenas.

-Una que no te sirva. Solo necesito diez minutos.

-Voy al oxxo por una.

En la mañana Verónica se llevó la cámara pero no grabó nada. Al día siguiente hizo lo mismo y al día siguiente también. Pasaron unos días y sintió o imaginó que Karim estaba triste, no enojado, sino triste. También se preguntó si era que ya no lo conocía bien. Una nunca sabe, pensó. Lo que sí pasó fue que Karim comenzó a llegar temprano de nuevo. Un noche, Karim le preguntó que si podía usar la cámara al día siguiente. Verónica estaba en la ducha, se bañaba con la puerta abierta. Cerró la llave y se puso una toalla alrededor del cuerpo.

-Vero.

-Dime.

-Que sí me puedo llevar la cámara mañana.

Verónica subió los hombros. Qué diablos. La verdad es que ella misma estaba bastante cansada de hacerse pajas mentales. Todo ese asunto de la camarita.

-¿Te estás grabando el trasero de las chicas?

Karim sonrió.

-Hay algunos en la oficina.

-o ¿Te estás grabando una película Gore? ¿Por eso no me enseñas?

Karim dijo que sí, que era eso.

-¿Una gore o una imitación gore?

-Es al revés-dijo él.

-¿Al revés cómo?

-El gore es imitación. Yo estoy grabando una de adeveras-dijo.

-Tonto-dijo ella, y volvió a meterse en el baño. No le gustaba volver a entrar, por el vapor, que lo sentía sucio.

-Oye-dijo regresando al cuarto- ¿Hoy lo vamos a hacer?

Karim subió los hombros.

-Espérame tantito pues-dijo ella feliz y se volvió a meter al baño. Karim se abrió la bragueta y espero.

Dos semanas después, Karim llegó salió hacia el trabajo y regresó a la mañana del día siguiente. Verónica estaba a punto de irse a su trabajo, solo estaba haciendo tiempo para ver si Karim alcanzaba a llegar. De pronto ya no le parecía tan buena idea que ninguno de los dos usara celulares. Estaba enojada pero sobre todo, preocupada. A veces la preocupación borraba el enojo por completo, y a veces al revés.

Karim se sentía con energías y estaba de buenas; era una lástima que tuviera que discutir con Verónica. O puede que al llegar ella se haya ido ya. Cuando llegó, la vio sentada en la cocina. Se quedaron viendo un rato.

-Hay cereal por si te quieres desayunar-dijo ella, le dio un beso, y se fue al trabajo. Su cabello olía a recién bañada pero el departamento olía a ropa sucia.

Una semana después Karim llegó temprano a la casa. Solo la luz de la cocina estaba prendida. La televisión también pero sin volumen. Le subió y le cambió a los deportes. Recalentó después un plato de comida china que encontró en la nevera. Luego sacó la cámara de su mochila, extrajo la cinta, y la guardó en el bolsillo del pantalón. La selección estaba pasando por una mala racha. Un comentarista opinaba que la culpa era de Hugo Sánchez, y el otro decía que era de todos, de los jugadores, de los clubs, de los directivos, hasta de Karim, esto último no lo decía, pero podía deducirse. Cambió de canal. El presidente diciendo que iba a acabar con el narcotráfico, que México era más fuerte que la delincuencia organizada. También le cambió. Un tipo ex militar bastante agradable que sobrevive a todo tiempo de ambientes adversos, una vez lo vio meterse dentro de un camello y otra vez se comió el corazón de una oveja. Luego a un tipo le quitaban diez años de encima. Lo peinaban y le compraban ropa y sabe cuántas cosas y al final el tipo tenía diez años menos. Ese capítulo ya lo había visto. Cambió. Un programa de unos tipos que destruían carros con la cabeza y doblaban fierros con la fuerza de sus brazos. Karim tuvo un presentimiento o algo que se parecía a un presentimiento. Fue al cuarto, prendió la luz. Escuchó que Verónica llegaba, posiblemente con bolsas del super.

© 2009 Alberto Paciano

lunes, septiembre 21, 2009

NUEVO VIDEO DE MANOS DE TOPO

Manos de topo anda por ahí estrenando vídeo. De nuevo lo dirige Kike Maillo, y al igual que su vídeo pasado es un plano secuencia, solo que ahora hay más personajes y una bien lograda puesta en escena. Queda la recomendación para conocer a este grupo barcelonés.


viernes, septiembre 18, 2009

CARICATURAS DE ALBERTO MONTT


Navegando me encontré Alberto Montt, un caricaturista chileno que transita cómodamente y con igual fortuna por casi todo tipo de humor, desde negro hasta tierno, bobo y político. Abajo un ejemplo, y aquí su blog.

















miércoles, septiembre 16, 2009

CAMARA 1


Beni descubrió que Lisa había olvidado su Handy Cam en el cajón del escritorio. Contrariamente a sus expectativas, la camarita apenas tenía peso. Le pareció que eran uno de esos objetos delicados que se estropean para siempre en un descuido de nada. Por la ventana apuntó a un pájaro, que le costó trabajo seguir, luego dirigió la cámara hacia los cables eléctricos y finalmente a una pareja que pasaba besándose. Intentó hacer zoom en el trasero de la chica, pero la imagen se desenfocó casi por completo. No era una cámara muy buena, aunque de eso no estaba muy seguro Beni.

Se terminó de vestir y una hora después se encontró con sus amigos en un seven eleven del centro. Fueron a un billar y luego a un bar donde tocaban blues o algo que a Beni le pareció blues. Estaba aburrido o distraído y terminó por irse muy temprano, antes de la última vuelta del metro. Al llegar prendió la computadora y se metió al facebook. Descubrió que Lisa lo había bloqueado. Hija de puta, pensó, entonces vas en serio. Iba a apagarla pero recordó que unos amigos comunes habían etiquetado algunas fotos. Beni se bajó los pantalones e intentó hacerse una paja. Abrió en página completa una foto en donde estaba Lisa acompañada de otra amiga, una amiga que, según Beni, le cortaba el pelo o le pintaba las uñas, y con la que solía irse de fiesta. En ratos pensaba en Lisa y en ratos pensaba en su amiga, pero apenas si pudo lograr algo.

Recordó entonces la cámara. Descolgó el teléfono y marcó el número de Lisa. Iba a decirle que su cámara se había quedado en la casa y que podía venir cuando ella quisiera, que él no iba a discutir ni nada, que esa era su última intención y podía venir con toda tranquilidad, en serio, pero no pudo decírselo por que el celular lo mandó a buzón y él prefirió no dejar mensaje. A lo mejor estaba mejor así. La ruptura había sido dolorosa y apenas si había pasado tiempo. Cuando sucedió, el había intentado no gritar pero gritó, y seguramente ella también hubiera preferido no gritar, pero terminó gritando más fuerte. También se arrojaron cosas. Ella estrelló un cenicero contra la pared y él aventó un libro contra la puerta, cuando ella la cerraba, y en cuanto lo hizo, sin embargo, se arrepintió por que ahora no sabría en qué parte se había quedado. Era una novela de Fadanelli. Le estaba gustando. No debió arrojarla. Estuvo a punto de decirle: “Ves lo qué me haces hacer, ahora tú me buscaras la página”

Beni pensó que seguramente pasarían días antes de que ella decidiera contestarle. Quizá semanas. O meses. La casa todavía parecía la escena de un crimen. Aquí rompimos, pensaba, y se quedaba viendo un buen rato la salita en la que habían discutido y luego veía la cama en donde ella se había sentado y en donde le había dicho que las cosas no estaban funcionando, pasaba después al baño, donde la cosa había subido de tono mientras ella intentaba lavarse los dientes, y finalmente, como si fuera un tour, pasaba a la cocina, donde finalmente todo había explotado y se había ido al carajo.

Por otra parte, a Lisa seguramente el asunto le iba a sonar como un pretexto para verla. Beni, era cierto, quería verla, pero a la vez no quería. De cualquier forma, pensó Beni, ella se daría cuenta más temprano que tarde y pasaría a recogerla, y hasta era posible que ella se sirviera de ese pretexto para verle a él. Aunque, considerando las cosas, tampoco se podía descartar que Lisa no fuera a ir nunca. La cámara no valía mucho y a lo mejor ella prefería darla por perdida, con tal de no verlo de nuevo.

Lisa era fotógrafa, pero en los últimos dos años le había dado por tomar video. Se habían conocido en una exposición colectiva y enseguida se hicieron amigos. La fotografía de Lisa era un gancho de ropa que apenas se dibujaba sobre un fondo blanco; abajo, en el piso, estaba una blusa. En el catálogo se decía, aunque no era catálogo, sino un tríptico fotocopiado a blanco y negro, que el trabajo de Lisa era una fotografía y también una instalación. Luego de la exposición fueron a una fiesta que les aburrió enseguida y ahí fue donde realmente se conocieron. A la semana siguiente él la invitó al cine y ella dijo que prefería ver una película en casa. Fueron a un video club y ella paseó por los pasillos de cine arte mientras él se daba vueltas por los estrenos. Finalmente escogieron la película de Elephant, y antes de la masacre ya estaban haciendo el amor. Cuando terminaron, regresó la película y ahora sí llegaron a la masacre. Ella le preguntó:

-¿Tú qué harías? Si estuvieras ahí.

Beni se lo pensó. Se imaginó caminando por aquellos pasillos, aburrido un poco de su vida.

-No sé. Correr. Como todos-contestó.

Luego ella preguntó:

-¿Tú crees que mataron al fotógrafo?

El contestó que no sabía. Y ella dijo que tal vez no lo habían matado, por que cuando les tomaba la foto en la biblioteca, el muchacho moreno asentía, como aprobando, y luego le disparaban a la chica nerd.

-¿No quieres verlo?

-¿Qué?-dijo él, que sólo pensaba en hacerle el amor otra vez.

-Esa parte que te digo.

-Okey.

Lisa se puso a gatas y se estiró para alcanzar el control remoto. Beni pensó que no era posible que acabara de hacerle el amor a esa chica.

-¿Ves?- dijo ella, reproduciendo la escena.

-Tienes razón-dijo él.

Luego volvieron a hacer el amor.

Cuando terminaron Beni pensó que no iba a sobrevivir. Las personas hablaban de rupturas y les escuchaba decir que les dolía el corazón y pensaba que sólo era una metáfora. Pero comprobó que sí dolía. No sólo el corazón, sino todo el pecho, como si lo apretaran hacia el fondo para hundirlo desde todos los puntos, desde el frente, de atrás y los costados. A veces el dolor se iba. Otras veces se quedaba ahí mucho tiempo, sobre todo en las noches, hasta que se quedaba dormido. Seguía metiéndose a su facebook y mantenía el Messenger abierto todos los días por si ella se conectaba, o mejor dicho, por si se conectaba y lo readmitía, porque también lo había borrado del Messenger.

También por aquellos días renunció a su trabajo como cajero de banco. Un día antes, sabiendo que no había marcha atrás, se puso un percing en la lengua. Siempre había querido ponérselo pero en el trabajo no le dejaban. El último día, una chica se acercó a su ventanilla para cambiar un cheque. Era una chica guapa, de unos veinticinco años. Beni hizo el trámite y segundos antes de que ella se marchara, le sacó la lengua, mostrándole su percing, como un cantante de heavy metal. Pensó que la chica se quejaría en gerencia o se iría espantada, pero en cambio, le ofreció una sonrisa encantadora, le dio las gracias, y se fue. En el camino de regreso se quedó pensando todo el tiempo en eso, en la sonrisa, en su percing, en lo que venía. Llegando a la casa hizo cuentas de sus ahorros y descubrió que podía vivir cómodamente durante los próximos tres años, incluso puede que cuatro, si se ponía en plan austero. Por la tarde fue comprarse unas mancuernas. Quería ponerse de nuevo en forma. A veces pensaba que Lisa lo había dejado por que ya no tenía el cuerpo de antes. No decía que esa era la única razón pero sin duda era una razón, una de tantas. Cuando se habían conocido él iba al Gym tres veces a la semana y los sábados y domingos corría en la barranca. Luego comenzaron a salir y dejó de ir. Ella a veces le decía: tienes que empezar a cuidarte, pero él ponía cualquier pretexto para evitar el ejercicio o se la pasaba prometiéndole que iría al gym pero no lo hacía, seguía descuidándose y perdiendo forma. Pero esta vez sí estaba dispuesto a darle duro a las mancuernas. También se compró unos guantes y un costal, y descubrió que haciendo ejercicio, la tristeza se convertía en coraje, un coraje que le quemaba la sangre y le hacía pensar que podía nockear a tae de un solo golpe. Eso le gustaba. Golpeaba durante dos horas el costal mientras pensaba que era más fuerte que ella y más fuerte que Tae, más fuerte que el dolor se aferraba adentro de sus costillas.

Le fastidiaba que lo hubiera dejado por un chino. Es decir, no era racista, o al menos no se consideraba racista, pero hubiera preferido que fuera alguien más occidental ¿Cómo había venido un puto chino de tan lejos a quitarle su novia? pensaba golpeando el costal. Luego, en la ducha, pensaba que tal vez sí era un poco racista. Imaginaba que mataba chinos y que la policía ni siquiera se molestaba en investigar. Incluso fundaba un club de asesinos seriales, en el que también participaban policías, pero pronto se cansaba de tener estos pensamientos. Pensar cochinadas requiere de mucha energía y concentración, era casi como en la secundaria, cuando le dolía la cabeza de tanto pensar soluciones matemáticas.

Lisa había conocido a Tae en uno de esos restaurantes del centro que tanto han proliferado en los últimos años. El mismo le había llevado al Shaing Kong, jurándole que los chinos eran limpios y que no rellenaban los recipientes con sobras y desperdicios. Semanas después vieron que sí lo hacían, o al menos sí lo hacían en ese restaurante, en otros puede que no, pero en ese sí. Descubrieron a una mesera que devolvía las sobras de un plato en la barra de buffet. Ya estaban cerrado el establecimiento y seguramente pensó que nadie la veía. O decidió que ellos dos, los últimos clientes, eran nadie.

La noche que terminaron, después de gritar y arrojarse los ceniceros y los libros, tuvieron un momento de silencio en el que los dos se lo tomaron con más calma. El se había sentado en el piso y jugaba con una basurita.

-Tengo derecho a saber quién es-dijo.

Ella se lo dijo y él no sintió nada.

-¿El tipo de la caja?

Ella no dijo nada pero de alguna forma él entendió que sí. Luego le preguntó que si se habían acostado ya.

-Una vez-dijo.

El iba a decir algo pero ella lo atajó:

-Dos. Solo dos veces.

No sintió nada. De alguna manera, ya lo sabía, y había pensado que en el momento en que se lo confirmara, se volvería loco y terminaría arrasando con la casa, golpeando sillas y todo eso. Pero no pasó nada, siguió jugando con la basurita. Después de un silencio dijo o murmuró que cómo era posible.

-¿Cómo? Dijo ella. Pero no quedó claro si se refería a un “¿cómo dices” o a un “¿cómo te atreves a preguntarme eso? ”

-Yo te llevé a ese restaurante-dijo Beni.

Luego ella le contó que todo había comenzado con las galletas de la suerte. Fue con unas amigas a comer ahí y cuando pidieron la cuenta, Tae les ofreció unas galletas de la suerte. Abrió la suya y decía que iba a sufrir mucho porque se avecinaban acontecimientos dolorosos.

-Qué manera de amargarte la comida-dijo él.

Le pareció que ella había sonreído. Pero no supo bien. Ella siguió diciendo que Tae le pidió que abriera otra y que no la dejara irse con tan mala suerte. Una amiga medio traducía. Ella rió y Tae rio y todo se iba acomodando.

-¿Qué día fue eso?

Ella subió los hombros.

-No sé. Un lunes…creo.

Y luego siguió contando que sus amigas la invitaron de nuevo al restaurante, se quedaron de ver ahí pero la dejaron plantada. Tae le llevó una galleta a su mesa y conversaron un poco, apenas entendiéndose, conversaron y rieron. El restaurante le quedaba de paso hacia el trabajo, así que al siguiente día se le hizo fácil pasar a saludarlo, y Tae de nuevo le daba una galleta de la suerte. Beni ya no quería saber nada más pero ella siguió. Cada palabra que decía, le comprimía el corazón como una lata de coca-cola pisada lentamente por su pie.

-Tú ni siquiera crees en eso- murmuró Beni.

-¿Cómo?-Dijo ella- Habla más fuerte, no te escucho.

-Que ni siquiera crees en esas cosas-dijo Beni y le pareció que iba a llorar, pero no lloró.

Y era cierto. Ella no creía en eso. Aunque por otra parte, últimamente no creía en nada o en casi nada. Solo en el arte. En la imagen y el arte.

-¿Por lo menos habla español?

-No.

-¿Habla inglés?

-Un poco.

-Tú no hablas inglés ¿Cómo se comunican?

Ella había subido los hombros.

-No sé-dijo. Y luego volvía a subir los hombros y ponía un gesto como diciendo: “¿Cómo podría explicártelo? Simplemente no sé” Beni pensó que si se atrevía a recitarle aquella mamoneria de Los amorosos callan, o no tanto a recitárselo, no iba a llegar a tanto, sino a decirle que era algo más o menos como los amorosos de Sabines, si decía eso, pensó Beni, era capaz de levantare y matarla a golpes. Pero Lisa se quedó callada. Fue él quien dijo:

-Es como ese poeta que te gusta ¿No?

Lisa no supo qué quería decir y pensó que ya estaba divagando.

-Mañana me voy-dijo.

Beni sacó la cámara del escritorio y le dio vueltas, investigando cómo se expulsaba el casete. Putos chinos, dijo, aunque en realidad la cámara era japonesa. Apretó el botón que decía open y la cámara tembló un poco y luego se abrió. Beni pensó: como un transformer. Y volvió a decir: putos chinos…no cabe duda.

El cassette estaba etiquetado como B1o, sólo eso. En otro cuaderno, Lisa apuntaba los contenidos, pero eso sí se lo había llevado. Beni volvió a empujar el casset para que se insertara y luego presionó Play. Al parecer no tenía nada grabado. Fue al baño y se colocó frente al espejo. Se sacó la verga y se grabó.

Lisa apareció en la puerta dos semanas después.

-Hola-dijo.

El se quedó callado unos segundos, estaba haciendo mancuernas.

-Hola-respondió.

-He olvidado…

-Claro

-Estaba por aquí y pensé en pasar.

-Ahora la traigo. Pasa.

Beni se metió en la habitación y Lisa se quedó parada en el umbral.

-Anda pasa-dijo desde allá-no pasa nada. Te invitaría un café pero justo iba a salir por la despensa.

Beni apareció con la Handy Cam.

-Te compraste el costal-dijo ella.

Beni subió los hombros.

-Le pego a veces.

Beni le entregó la cámara. Iba a decir que se la había cuidado bien, pero mejor se quedó callado.

-También había unos casetes-dijo Lisa-em, unos… ¿sabes cuales, no?

-No realmente.

-En el cuarto me parece.

-No los he visto.

Se quedaron callados otros segundos.

-Pero pasa-dijo Beni-no he movido nada.

Contrariamente a lo que esperaba, Lisa caminó decididamente hasta el cuarto. El prefirió esperar. Pero después lo pensó mejor y fue a asomarse por la puerta, justo en ese momento Lisa iba saliendo, algo apresurada.

-¿Los encontraste?-dijo.

Ella asintió con la cabeza. Se detuvo en la puerta.

-¿Cómo estás?-dijo ella.

-Bien.

-¿tú?

Sonrió y dijo que bien y luego se quedaron callados.

-Bueno, tengo que irme-dijo.

El asintió con la cabeza. El iba a decir algo y ella iba a decir algo, Beni espero para que ella hablara y Lisa espero para que él hablara, pero finalmente los dos se quedaron callados. Beni golpeó hasta tarde el costal.

domingo, septiembre 06, 2009

BOLAÑO CERCANO





Hace tiempo me encontré con el tráiler de Bolaño Cercano y la semana pasada descubrí que alguien lo había subido completo al youtube. Escribo esto justamente cuando a mi lado acabo de dejar la novela de Javier Cercas, Soldados de Salamina, en cuya tercera parte aparece un Bolaño Cercano que está recomendándole todo el tiempo a un periodista que deje de buscar a Miralles- un personaje extraviado que estuvo aquí y allá en la segunda guerra mundial, y que B. conoció en un camping que es a la vez real y a la vez inventado por Cercas- y que mejor lo invente, al fin y al cabo, dice Bolaño en la novela “la realidad siempre nos traiciona; lo mejor es no darle tiempo y traicionarla antes a ella”. Y también escribo esto después de pensar en Bolaño y poner de fondo de pantalla una de sus fotos en donde se le ve sentado en su escritorio, supongo que en Blanes, y después de reparar en que últimamente, con más frecuencia, pienso en Bolaño todos los días y casi a todas horas. No siempre en sus libros, sino en él, aunque a veces también en sus libros. Y apenas estoy escribiendo esto, me dan ganas de borrarlo, porque siempre que quiero decir o pensar o escribir algo de Bolaño, tengo la sensación de que hay que decirlo todo, aunque sabemos, esto es imposible, y por lo tanto uno termina eligiendo el silencio. Pero ahora voy a seguir aunque no lo diga todo, aunque apenas diga algo, y ni siquiera será de Bolaño sino de Bolaño cercano.

Hay que empezar por reconocer que ahí están los escritores que deberían estar: Rodrigo Fresán, quién ha escrito las páginas más lúcidas de su obra, y que probablemente sea el mejor lector de Bolaño de la misma forma en que Bolaño era el mejor lector de Fresán, aunque en realidad Bolaño era el mejor lector de muchos otros escritores. También está Enrique Vila-Matas y A. G. Porta y Villoro. Juan Villoro probablemente sea el segundo lector más atento de su obra, aunque también podríamos decir lo mismo de Vila-Matas. También tienen voz en el documental su última pareja y su hijo Lautaro, y su hija Alexandra, que aunque no habla, si dice mucho cuando escucha unas líneas de su Padre..

Qué cosas le divierten: “Ver jugar a Alexandra, desayunar en un bar a lado del mar y comer un Croussaint leyendo el periódico, la literatura de Borges, la literatura de Bioy, la literatura de Bustos Domecq, hacer el amor”

Pero ahora que lo pienso, la ausencia de Jorge Herralde, su amigo y editor, deja casi un abismo en el documental. Tampoco hubiera estado de más que Javier Cercas dijera algo, y Andres Newman seguramente habría aportado cosas interesantes, aunque no estoy seguro si lo conoció y me inclinaría más en confiar en un vago recuerdo que me sugiere que solo intercambiaron cartas; pero Bolaño conocía la obra de Newman, al menos la que hasta entonces había publicado, y Newman, por supuesto, la de Bolaño. Ya en este plan, faltarían también las palabras de Angeles Mastreta; y con este ajetreo que se traen por el éxito de su obra en los estados unidos, hubiera sido deseable que entrevistaran a su traductor (cuyo nombre ahora se me escapa, pero no se me escapa el recuerdo de una entrevista que le hicieron por motivo de la edición de The Savage Detectives y que me dejó con la impresión de que Bolaño estaba en buenas manos allá en tierra gringa) y agradeceríamos la participación de S. Sontag, quien fue , hasta donde yo sé, una de las primeras lectoras angloparlantes de Bolaño, y siguiendo en este plan habría que consultar a S. Rushide, que ha celebrado las ediciones en inglés de su obra y sólo por eso se ha convertido en uno de los divulgadores más importantes de la misma. La realidad, esto es desde luego más difícil, o imposible, pero es la verdad, es que también hace falta Nicanor Parra, que no sé bien si ya murió, y no me animo a consultarlo en la red porque tengo la impresión de que sí, y haría falta también que Gabriela Mistral resucitara (ella sí murió o por lo menos lo soñé) o regresará del África para saludar póstumamente a su hijo, y ahorita que escribo “hijo” por poco escribo Hijo Maldito, pero eso sería caer en expresiones fáciles. Nos hubiera gustado también que se entrevistara desde una pulcata o un bar del DF a Santiago Papasquiaro, o tal vez montado en su motocicleta y con chamarra de cuero. Incluso- no sé B. estaría de acuerdo con esto- habría que sacarle a algunas palabras a Pinochet, aunque fuese a picanazos, para que recuerde (o crea recordar) al Bolaño de diez y seis o diez y siete años que volvió a Chile para hacer el golpe. En fin, estas ausencias, después de todo, no importan demasiado, también los productores debieron resignarse a decir algo, apenas algo, sobre el detective salvaje. Y no importa, además, porque ya habrá tiempo de llenar esos huecos y hablar de Bolaño y de su literatura. Después de todo, si bien nos va, la literatura hispano-española que viene será una nota a pie de página de toda su obra o parte de su obra. Al menos así será mientras esta literatura siga siendo joven. Aunque probablemente esto sea una exageración y una mentira, pero me gusta pensar eso últimamente.

Alberto Paciano