Beni descubrió que Lisa había olvidado su Handy Cam en el cajón del escritorio. Contrariamente a sus expectativas, la camarita apenas tenía peso. Le pareció que eran uno de esos objetos delicados que se estropean para siempre en un descuido de nada. Por la ventana apuntó a un pájaro, que le costó trabajo seguir, luego dirigió la cámara hacia los cables eléctricos y finalmente a una pareja que pasaba besándose. Intentó hacer zoom en el trasero de la chica, pero la imagen se desenfocó casi por completo. No era una cámara muy buena, aunque de eso no estaba muy seguro Beni.
Se terminó de vestir y una hora después se encontró con sus amigos en un seven eleven del centro. Fueron a un billar y luego a un bar donde tocaban blues o algo que a Beni le pareció blues. Estaba aburrido o distraído y terminó por irse muy temprano, antes de la última vuelta del metro. Al llegar prendió la computadora y se metió al facebook. Descubrió que Lisa lo había bloqueado. Hija de puta, pensó, entonces vas en serio. Iba a apagarla pero recordó que unos amigos comunes habían etiquetado algunas fotos. Beni se bajó los pantalones e intentó hacerse una paja. Abrió en página completa una foto en donde estaba Lisa acompañada de otra amiga, una amiga que, según Beni, le cortaba el pelo o le pintaba las uñas, y con la que solía irse de fiesta. En ratos pensaba en Lisa y en ratos pensaba en su amiga, pero apenas si pudo lograr algo.
Recordó entonces la cámara. Descolgó el teléfono y marcó el número de Lisa. Iba a decirle que su cámara se había quedado en la casa y que podía venir cuando ella quisiera, que él no iba a discutir ni nada, que esa era su última intención y podía venir con toda tranquilidad, en serio, pero no pudo decírselo por que el celular lo mandó a buzón y él prefirió no dejar mensaje. A lo mejor estaba mejor así. La ruptura había sido dolorosa y apenas si había pasado tiempo. Cuando sucedió, el había intentado no gritar pero gritó, y seguramente ella también hubiera preferido no gritar, pero terminó gritando más fuerte. También se arrojaron cosas. Ella estrelló un cenicero contra la pared y él aventó un libro contra la puerta, cuando ella la cerraba, y en cuanto lo hizo, sin embargo, se arrepintió por que ahora no sabría en qué parte se había quedado. Era una novela de Fadanelli. Le estaba gustando. No debió arrojarla. Estuvo a punto de decirle: “Ves lo qué me haces hacer, ahora tú me buscaras la página”
Beni pensó que seguramente pasarían días antes de que ella decidiera contestarle. Quizá semanas. O meses. La casa todavía parecía la escena de un crimen. Aquí rompimos, pensaba, y se quedaba viendo un buen rato la salita en la que habían discutido y luego veía la cama en donde ella se había sentado y en donde le había dicho que las cosas no estaban funcionando, pasaba después al baño, donde la cosa había subido de tono mientras ella intentaba lavarse los dientes, y finalmente, como si fuera un tour, pasaba a la cocina, donde finalmente todo había explotado y se había ido al carajo.
Por otra parte, a Lisa seguramente el asunto le iba a sonar como un pretexto para verla. Beni, era cierto, quería verla, pero a la vez no quería. De cualquier forma, pensó Beni, ella se daría cuenta más temprano que tarde y pasaría a recogerla, y hasta era posible que ella se sirviera de ese pretexto para verle a él. Aunque, considerando las cosas, tampoco se podía descartar que Lisa no fuera a ir nunca. La cámara no valía mucho y a lo mejor ella prefería darla por perdida, con tal de no verlo de nuevo.
Lisa era fotógrafa, pero en los últimos dos años le había dado por tomar video. Se habían conocido en una exposición colectiva y enseguida se hicieron amigos. La fotografía de Lisa era un gancho de ropa que apenas se dibujaba sobre un fondo blanco; abajo, en el piso, estaba una blusa. En el catálogo se decía, aunque no era catálogo, sino un tríptico fotocopiado a blanco y negro, que el trabajo de Lisa era una fotografía y también una instalación. Luego de la exposición fueron a una fiesta que les aburrió enseguida y ahí fue donde realmente se conocieron. A la semana siguiente él la invitó al cine y ella dijo que prefería ver una película en casa. Fueron a un video club y ella paseó por los pasillos de cine arte mientras él se daba vueltas por los estrenos. Finalmente escogieron la película de Elephant, y antes de la masacre ya estaban haciendo el amor. Cuando terminaron, regresó la película y ahora sí llegaron a la masacre. Ella le preguntó:
-¿Tú qué harías? Si estuvieras ahí.
Beni se lo pensó. Se imaginó caminando por aquellos pasillos, aburrido un poco de su vida.
-No sé. Correr. Como todos-contestó.
Luego ella preguntó:
-¿Tú crees que mataron al fotógrafo?
El contestó que no sabía. Y ella dijo que tal vez no lo habían matado, por que cuando les tomaba la foto en la biblioteca, el muchacho moreno asentía, como aprobando, y luego le disparaban a la chica nerd.
-¿No quieres verlo?
-¿Qué?-dijo él, que sólo pensaba en hacerle el amor otra vez.
-Esa parte que te digo.
-Okey.
Lisa se puso a gatas y se estiró para alcanzar el control remoto. Beni pensó que no era posible que acabara de hacerle el amor a esa chica.
-¿Ves?- dijo ella, reproduciendo la escena.
-Tienes razón-dijo él.
Luego volvieron a hacer el amor.
Cuando terminaron Beni pensó que no iba a sobrevivir. Las personas hablaban de rupturas y les escuchaba decir que les dolía el corazón y pensaba que sólo era una metáfora. Pero comprobó que sí dolía. No sólo el corazón, sino todo el pecho, como si lo apretaran hacia el fondo para hundirlo desde todos los puntos, desde el frente, de atrás y los costados. A veces el dolor se iba. Otras veces se quedaba ahí mucho tiempo, sobre todo en las noches, hasta que se quedaba dormido. Seguía metiéndose a su facebook y mantenía el Messenger abierto todos los días por si ella se conectaba, o mejor dicho, por si se conectaba y lo readmitía, porque también lo había borrado del Messenger.
También por aquellos días renunció a su trabajo como cajero de banco. Un día antes, sabiendo que no había marcha atrás, se puso un percing en la lengua. Siempre había querido ponérselo pero en el trabajo no le dejaban. El último día, una chica se acercó a su ventanilla para cambiar un cheque. Era una chica guapa, de unos veinticinco años. Beni hizo el trámite y segundos antes de que ella se marchara, le sacó la lengua, mostrándole su percing, como un cantante de heavy metal. Pensó que la chica se quejaría en gerencia o se iría espantada, pero en cambio, le ofreció una sonrisa encantadora, le dio las gracias, y se fue. En el camino de regreso se quedó pensando todo el tiempo en eso, en la sonrisa, en su percing, en lo que venía. Llegando a la casa hizo cuentas de sus ahorros y descubrió que podía vivir cómodamente durante los próximos tres años, incluso puede que cuatro, si se ponía en plan austero. Por la tarde fue comprarse unas mancuernas. Quería ponerse de nuevo en forma. A veces pensaba que Lisa lo había dejado por que ya no tenía el cuerpo de antes. No decía que esa era la única razón pero sin duda era una razón, una de tantas. Cuando se habían conocido él iba al Gym tres veces a la semana y los sábados y domingos corría en la barranca. Luego comenzaron a salir y dejó de ir. Ella a veces le decía: tienes que empezar a cuidarte, pero él ponía cualquier pretexto para evitar el ejercicio o se la pasaba prometiéndole que iría al gym pero no lo hacía, seguía descuidándose y perdiendo forma. Pero esta vez sí estaba dispuesto a darle duro a las mancuernas. También se compró unos guantes y un costal, y descubrió que haciendo ejercicio, la tristeza se convertía en coraje, un coraje que le quemaba la sangre y le hacía pensar que podía nockear a tae de un solo golpe. Eso le gustaba. Golpeaba durante dos horas el costal mientras pensaba que era más fuerte que ella y más fuerte que Tae, más fuerte que el dolor se aferraba adentro de sus costillas.
Le fastidiaba que lo hubiera dejado por un chino. Es decir, no era racista, o al menos no se consideraba racista, pero hubiera preferido que fuera alguien más occidental ¿Cómo había venido un puto chino de tan lejos a quitarle su novia? pensaba golpeando el costal. Luego, en la ducha, pensaba que tal vez sí era un poco racista. Imaginaba que mataba chinos y que la policía ni siquiera se molestaba en investigar. Incluso fundaba un club de asesinos seriales, en el que también participaban policías, pero pronto se cansaba de tener estos pensamientos. Pensar cochinadas requiere de mucha energía y concentración, era casi como en la secundaria, cuando le dolía la cabeza de tanto pensar soluciones matemáticas.
Lisa había conocido a Tae en uno de esos restaurantes del centro que tanto han proliferado en los últimos años. El mismo le había llevado al Shaing Kong, jurándole que los chinos eran limpios y que no rellenaban los recipientes con sobras y desperdicios. Semanas después vieron que sí lo hacían, o al menos sí lo hacían en ese restaurante, en otros puede que no, pero en ese sí. Descubrieron a una mesera que devolvía las sobras de un plato en la barra de buffet. Ya estaban cerrado el establecimiento y seguramente pensó que nadie la veía. O decidió que ellos dos, los últimos clientes, eran nadie.
La noche que terminaron, después de gritar y arrojarse los ceniceros y los libros, tuvieron un momento de silencio en el que los dos se lo tomaron con más calma. El se había sentado en el piso y jugaba con una basurita.
-Tengo derecho a saber quién es-dijo.
Ella se lo dijo y él no sintió nada.
-¿El tipo de la caja?
Ella no dijo nada pero de alguna forma él entendió que sí. Luego le preguntó que si se habían acostado ya.
-Una vez-dijo.
El iba a decir algo pero ella lo atajó:
-Dos. Solo dos veces.
No sintió nada. De alguna manera, ya lo sabía, y había pensado que en el momento en que se lo confirmara, se volvería loco y terminaría arrasando con la casa, golpeando sillas y todo eso. Pero no pasó nada, siguió jugando con la basurita. Después de un silencio dijo o murmuró que cómo era posible.
-¿Cómo? Dijo ella. Pero no quedó claro si se refería a un “¿cómo dices” o a un “¿cómo te atreves a preguntarme eso? ”
-Yo te llevé a ese restaurante-dijo Beni.
Luego ella le contó que todo había comenzado con las galletas de la suerte. Fue con unas amigas a comer ahí y cuando pidieron la cuenta, Tae les ofreció unas galletas de la suerte. Abrió la suya y decía que iba a sufrir mucho porque se avecinaban acontecimientos dolorosos.
-Qué manera de amargarte la comida-dijo él.
Le pareció que ella había sonreído. Pero no supo bien. Ella siguió diciendo que Tae le pidió que abriera otra y que no la dejara irse con tan mala suerte. Una amiga medio traducía. Ella rió y Tae rio y todo se iba acomodando.
-¿Qué día fue eso?
Ella subió los hombros.
-No sé. Un lunes…creo.
Y luego siguió contando que sus amigas la invitaron de nuevo al restaurante, se quedaron de ver ahí pero la dejaron plantada. Tae le llevó una galleta a su mesa y conversaron un poco, apenas entendiéndose, conversaron y rieron. El restaurante le quedaba de paso hacia el trabajo, así que al siguiente día se le hizo fácil pasar a saludarlo, y Tae de nuevo le daba una galleta de la suerte. Beni ya no quería saber nada más pero ella siguió. Cada palabra que decía, le comprimía el corazón como una lata de coca-cola pisada lentamente por su pie.
-Tú ni siquiera crees en eso- murmuró Beni.
-¿Cómo?-Dijo ella- Habla más fuerte, no te escucho.
-Que ni siquiera crees en esas cosas-dijo Beni y le pareció que iba a llorar, pero no lloró.
Y era cierto. Ella no creía en eso. Aunque por otra parte, últimamente no creía en nada o en casi nada. Solo en el arte. En la imagen y el arte.
-¿Por lo menos habla español?
-No.
-¿Habla inglés?
-Un poco.
-Tú no hablas inglés ¿Cómo se comunican?
Ella había subido los hombros.
-No sé-dijo. Y luego volvía a subir los hombros y ponía un gesto como diciendo: “¿Cómo podría explicártelo? Simplemente no sé” Beni pensó que si se atrevía a recitarle aquella mamoneria de Los amorosos callan, o no tanto a recitárselo, no iba a llegar a tanto, sino a decirle que era algo más o menos como los amorosos de Sabines, si decía eso, pensó Beni, era capaz de levantare y matarla a golpes. Pero Lisa se quedó callada. Fue él quien dijo:
-Es como ese poeta que te gusta ¿No?
Lisa no supo qué quería decir y pensó que ya estaba divagando.
-Mañana me voy-dijo.
Beni sacó la cámara del escritorio y le dio vueltas, investigando cómo se expulsaba el casete. Putos chinos, dijo, aunque en realidad la cámara era japonesa. Apretó el botón que decía open y la cámara tembló un poco y luego se abrió. Beni pensó: como un transformer. Y volvió a decir: putos chinos…no cabe duda.
El cassette estaba etiquetado como B1o, sólo eso. En otro cuaderno, Lisa apuntaba los contenidos, pero eso sí se lo había llevado. Beni volvió a empujar el casset para que se insertara y luego presionó Play. Al parecer no tenía nada grabado. Fue al baño y se colocó frente al espejo. Se sacó la verga y se grabó.
Lisa apareció en la puerta dos semanas después.
-Hola-dijo.
El se quedó callado unos segundos, estaba haciendo mancuernas.
-Hola-respondió.
-He olvidado…
-Claro
-Estaba por aquí y pensé en pasar.
-Ahora la traigo. Pasa.
Beni se metió en la habitación y Lisa se quedó parada en el umbral.
-Anda pasa-dijo desde allá-no pasa nada. Te invitaría un café pero justo iba a salir por la despensa.
Beni apareció con la Handy Cam.
-Te compraste el costal-dijo ella.
Beni subió los hombros.
-Le pego a veces.
Beni le entregó la cámara. Iba a decir que se la había cuidado bien, pero mejor se quedó callado.
-También había unos casetes-dijo Lisa-em, unos… ¿sabes cuales, no?
-No realmente.
-En el cuarto me parece.
-No los he visto.
Se quedaron callados otros segundos.
-Pero pasa-dijo Beni-no he movido nada.
Contrariamente a lo que esperaba, Lisa caminó decididamente hasta el cuarto. El prefirió esperar. Pero después lo pensó mejor y fue a asomarse por la puerta, justo en ese momento Lisa iba saliendo, algo apresurada.
-¿Los encontraste?-dijo.
Ella asintió con la cabeza. Se detuvo en la puerta.
-¿Cómo estás?-dijo ella.
-Bien.
-¿tú?
Sonrió y dijo que bien y luego se quedaron callados.
-Bueno, tengo que irme-dijo.
El asintió con la cabeza. El iba a decir algo y ella iba a decir algo, Beni espero para que ella hablara y Lisa espero para que él hablara, pero finalmente los dos se quedaron callados. Beni golpeó hasta tarde el costal.